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López Obrador and the Fraud of 1988




By Jorge Ramos

It’s disturbing that Andrés Manuel López Obrador, Mexico’s president-elect, has chosen Manuel Bartlett as one of his administration’s top officials. Bartlett is widely believed to be primarily responsible for the country’s presidential election fraud in 1988. I don’t understand López Obrador’s reasoning, and it’s inconsistent with the promises of change that he made during his campaign and since his election, more than a month ago.
López Obrador has appointed Bartlett as the incoming director of Mexico’s Federal Electricity Commission, which manages the government-owned utility. I suppose that this is kind of a reward for Bartlett’s support during the campaign. But the appointment represents a betrayal for most of the 30 million Mexicans who voted for López Obrador and his message of change.
  Simply put, Bartlett represents more of the same.
On July 6, 1988, the night of the election, Mexican officials famously announced that the ballot tabulation system had “crashed,” and results had stopped being reported across the country. I was there. I saw it firsthand. Back then, Mexico’s interior ministry ran national elections. And who was interior minister in 1988? Bartlett.
 Seven days later, when the results were finally made public, President Carlos Salinas de Gortari was declared the winner. It soon became obvious that a remarkable fraud had taken victory away from Cuauhtémoc Cárdenas, who was in the lead before the voting system broke down. Cárdenas, the founder of the Party of the Democratic Revolution, would have been the first leftist president elected since the Mexican Revolution. (Cárdenas told me in an interview years ago that “99% of Mexicans are convinced there was a fraud in 1988.”)
Years after he left office, I was able to confront Salinas de Gortari about the fraudulent way he won the presidency. (Watch the interviews here in Spanish: bit.ly/2vd5du7).
“How is it that you got 100% of the vote in 1,762 districts?” I asked Salinas de Gortari. Such results seemed mathematically impossible — but not, apparently, for his Institutional Revolutionary Party (PRI).
“I think it’s important to remember that in that election over three-quarters of those districts were monitored by more than one party, and there is documentation to prove it,” Salinas de Gortari told me.
So the cheating must have taken place somewhere else.
A recount would have been useful, but that never was never possible because Congress, then dominated by the PRI, authorized the destruction of those ballots in 1992, with support from the National Action Party. It was a perfect fraud. Bartlett — who never publicly opposed the burning of the 1988 ballots — was rewarded by being appointed minister of education during Salinas de Gortari’s administration.
Bartlett is now under the protection of López Obrador. Why must the president-elect associate himself with a man who delayed the arrival of real democracy in Mexico?
I understand that a president needs to be practical and choose people who can help him effectively govern the country. But López Obrador’s most important campaign promise was to take on corruption, and there is nothing more corrupt than cheating in a presidential election. Why is he now offering one of his government’s most important positions to someone who represents a past we thought we had left behind?
 López Obrador is morally bound to exclude Bartlett from his team. Not doing so would make him an accomplice in the 1988 fraud.
 A great number of López Obrador’s supporters are against his association with Bartlett and have made this clear to him. The actor Gael García Bernal tweeted recently: “I condemn the appointment. … It’s just ridiculous to think I and other AMLO voters are responsible. … “
Bartlett could actually be of some help: He could clarify the facts about the 1988 fraud. He should apologize publicly and help historians write the true account of what happened during that election.
Undoubtedly, this is only one of many criticisms I will be making before, and during, López Obrador’s administration. I want to see a Mexico that’s free of corruption and violence, a Mexico that’s filled with opportunities. But the work of a journalist is to act as a counterpower, and that’s where I plan to be — on the opposite side of power.
[I am, of course, interested to hear Bartlett’s side, and he has agreed to do an interview next week. I will post the interview online as soon as it takes place.]

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AMLO y el Fraude del ‘88

Es una gigantesca incongruencia que Andrés Manuel López Obrador, el Presidente electo de México, haya escogido como uno de sus principales colaboradores al responsable del fraude electoral de 1988. De verdad que no lo entiendo. ¿Dónde está el cambio que prometió?
López Obrador designó a Manuel Bartlett para ser el nuevo director de la Comisión Federal de Electricidad. Supongo que es una forma de pagarle su apoyo durante la campaña electoral. Pero al hacerlo, López Obrador traiciona a muchos de los 30 millones de mexicanos que votaron por él y a su mensaje de cambio.
Bartlett es más de lo mismo.
Recordemos. Durante las elecciones presidenciales del 6 de julio de 1988, se “cayó el sistema” y se detuvo el reporte de resultados. Yo estuve ahí; nadie me lo contó. En esa época no había Instituto Nacional Electoral. La Secretaría de Gobernación se encargaba de organizar la elección y de contar los votos. Y el Secretario de Gobernación era Bartlett.
Siete días después, cuando por fin se dieron a conocer los resultados, el “ganador” había sido el presidente Carlos Salinas de Gortari. Un fraude mayúsculo le arrebató la victoria al que hubiera sido el primer presidente de izquierda desde la Revolución mexicana, Cuauhtémoc Cárdenas.
En dos ocasiones, luego de su presidencia, pude confrontar a Salinas de Gortari sobre la manera fraudulenta en que llegó a Los Pinos. (Aquí están las entrevistas: bit.ly/2vd5du7.)
“¿Cómo ganó en 1.762 casillas con el 100% de los votos?” le pregunté. El asunto parecía matemáticamente imposible. Pero no para el Partido Revolucionario Institucional.
“Yo creo que es importante recordar que en esa elección más de tres cuartas partes de las casillas fueron cubiertas por más de un partido y ahí está la documentación que así lo acredita”, me contestó Salinas de Gortari.
Pero la trampa estuvo en otro lado.
Nunca se pudo hacer un recuento — voto por voto — debido a que el Congreso, dominado por el Partido Revolucionario Institucional y apoyado por el Partido Acción Nacional, autorizó la quema de los votos en 1992. Fue el fraude perfecto. Los votos quedaron en cenizas. Bartlett nunca se opuso públicamente a la quema de votos, y fue premiado con la Secretaría de Educación durante el gobierno de Salinas de Gortari.
Ese es el mismo Bartlett al que ahora López Obrador protege. ¿Por qué defender a quien retrasó 12 años la llegada de la democracia a México?
Entiendo que un presidente tiene que ser pragmático y escoger a gente que le ayude a gobernar. Pero la principal promesa de AMLO fue atacar la corrupción y no hay nada más corrupto que hacer trampa en una elección presidencial y darle el poder al perdedor. ¿Por qué López Obrador le ofrece uno de los puestos más importantes de su gobierno a quien representa un pasado que creíamos superado?
López Obrador está moralmente obligado con sus votantes a marcar su raya y a sacar a Bartlett de su equipo de trabajo. No hacerlo sería una gravísima complicidad con el fraude del ’88 y una gran deslealtad con Cárdenas. (“Estamos convencidos de que hubo fraude en 1988 el 99% de los mexicanos”, me dijo Cárdenas en una vieja entrevista.)
Muchos de los que votaron por AMLO tampoco apoyan su decisión, y se lo han hecho saber. Así lo hizo el actor Gael García Bernal en un tuit: “Yo repudio su nombramiento [el de Bartlett] y su ser político. Y qué ridículos los que creen que yo y los que votamos por AMLO somos responsables de ese nombramiento”.
A pesar de todo, Bartlett sí puede ayudar en algo: esclarecer el fraude de 1988. Que pida una disculpa pública y que ayude a los historiadores a escribir la versión verdadera de esa elección. Pero hasta ahí.
Y antes de terminar, una aclaración. Esta es sólo una de las muchas críticas que espero hacer antes y durante la presidencia de López Obrador. Yo, como muchos mexicanos, quiero un país sin corrupción, sin muertos y con oportunidades. Pero el trabajo del periodista es ser contrapoder. Y es ahí donde pienso estar: del otro lado del poder.
Posdata: Me interesa, por supuesto, la versión de Bartlett. Él accedió a que lo entrevistara para la televisión la próxima semana. Subiré la entrevista a las redes tan pronto ocurra.




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