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In defense of screen time

By Siri Fiske

The Silicon Valley engineers who design our tech gadgets won’t let their kids anywhere near those devices, according to a shocking New York Times profile. These workers are convinced too much time in front of smartphones and iPads is rotting kids’ brains. Technology “is wreaking havoc on our children,” warned one former Facebook employee.
These parents need to relax. It’s true that allowing kids to browse social media until the wee hours of the morning isn’t a good idea. But it’s also true that smart phones, iPads, and other gadgets are powerful educational tools, both at home and in the classroom.
Rather than demonize and ban all devices, parents should regulate screen time and ensure their children use technology in beneficial ways.  
Despite the parental panic in Silicon Valley and well-educated communities nationwide, research suggests that screen time can be a net positive for children. Kids whose parents drastically limit screen time ultimately perform worse in college, according to a Swiss study of American universities.
And thanks to their immediate feedback and multimedia features, iPads are great reading tools. Compared to kids who only use books, kids who learn to read on iPads are more engaged, cooperative, and willing to speak up, according to a researcher from the Institute of Education in London. Kids from low socioeconomic backgrounds who read on both books and iPads at home are more likely to perform at or above grade level in school.
These studies show that it’s not the screen itself that’s good or bad — but what’s on it. Watching two hours of Cartoon Network is different than watching a National Geographic documentary. Parents need to create straightforward rules for their kids. Regulating non-educational screen time or having a social media curfew are both good options.
At school, educators can use tech gadgets and apps to speed up the learning process while tailoring lessons to support each student.
Consider DreamBox, a platform that allows elementary and middle schoolers to play different math games on their iPads. The tech tool mines over 48,000 data points per student every hour to personalize lessons for individual users. Algebra nation, a similar program, studies click-patterns to figure out when students are struggling and offer personalized advice.
Such “adaptive learning” platforms are already yielding impressive results in higher education. An adaptive learning tool at the Colorado Technical University increased a course’s pass rate by 27 percent and its final grade average by 10 percent.
Classroom tech also gives teachers a superhuman capacity to pinpoint and predict problems. For example, a school in Spokane, Washington gives its students online surveys to track how focused they feel, how inclusive their social environment is, and how often they feel like giving up, among other things. Educators then study this data via dashboards to understand where kids might need help, both inside and outside of the classroom.
A decade ago, it would have been unrealistic to expect school faculty to track the day-to-day thoughts, feelings, and engagement of each and every student — despite this being invaluable information for educators. With classroom tech, such practices can and should become standard.
No reasonable person thinks it’s good for kids to be glued to their screens 24/7 or to replace human interaction with an app. But the notion that screen time is intrinsically harmful for children is equally silly. It’s time for teachers and parents to stop the fear mongering and harness the latest technology to offer kids a world-class education.
Siri Fiske is founder and head of Mysa School in Bethesda, Md. and Washington D.C.





En defensa del tiempo de pantalla

De acuerdo a un impactante perfil de New York Times, los ingenieros de Silicon Valley que diseñan nuestros dispositivos tecnológicos no permitirán que sus hijos se acerquen a esas dispositivos. Estos trabajadores están convencidos de que demasiado tiempo frente a teléfonos inteligentes y iPads está pudriendo el cerebro de los niños. La tecnología “está causando estragos en nuestros hijos”, advirtió un ex empleado de Facebook.
Estos padres necesitan relajarse. Es cierto que permitir que los niños naveguen en las redes sociales hasta altas horas de la madrugada no es una buena idea. Pero también es cierto que teléfonos inteligentes, iPads y otros dispositivos son herramientas educativas poderosas, tanto en el hogar como en el aula.
En lugar de demonizar y prohibir todos los dispositivos, los padres deberían regular el tiempo de pantalla y asegurarse de que sus hijos usen la tecnología de manera beneficiosa.
A pesar del pánico de los padres en Silicon Valley y comunidades bien educadas de todo el país, investigaciones sugieren que el tiempo de pantalla puede ser positivo para los niños. Los niños cuyos padres limitan drásticamente el tiempo de pantalla en última instancia tienen un peor desempeño en la universidad, según un estudio suizo de universidades estadounidenses.
Y gracias a sus comentarios inmediatos y sus funciones multimedia, los iPad son excelentes herramientas de lectura. En comparación con los niños que sólo usan libros, los niños que aprenden a leer en iPads están más comprometidos, cooperan y están más dispuestos a hablar, según un investigador del Instituto de Educación en Londres. Los niños de bajos niveles socioeconómicos que leen tanto en libros como en iPads en casa tienen más probabilidades de desempeñarse al mismo nivel o mayor que el grado en el que están en la escuela.
Estos estudios muestran que no es la pantalla en si lo que es bueno o malo, pero lo que hay en ella. Ver dos horas de Cartoon Network es diferente a mirar un documental en National Geographic. Los padres necesitan crear reglas sencillas para sus hijos. Regular el tiempo de pantalla no educativo o tener un horario límite para redes sociales son buenas opciones.
En la escuela, los maestros pueden usar dispositivos tecnológicos y aplicaciones para acelerar el proceso de aprendizaje y adaptar las lecciones para apoyar a cada estudiante.
Considere DreamBox, una plataforma que permite a los estudiantes de primaria e intermedio jugar diferentes juegos matemáticos en sus iPads. La herramienta tecnológica extrae más de 48,000 puntos de datos por alumno cada hora para personalizar las lecciones para usuarios individuales. Nación Álgebra, un programa similar, estudia patrones de clics para determinar cuándo los estudiantes tienen dificultades y ofrecer asesoramiento personalizado.
Estas plataformas de “aprendizaje adaptivo” ya están dando resultados impresionantes en la educación superior. Una herramienta de aprendizaje adaptivo en la Universidad Técnica de Colorado aumentó el índice de aprobación de un curso en un 27 por ciento y su promedio final de calificaciones en un 10 por ciento.
La tecnología en el aula también brinda a los maestros una capacidad sobrehumana para identificar y predecir problemas. Por ejemplo, una escuela en Spokane, Washington, ofrece a sus estudiantes encuestas en línea para rastrear qué tan enfocados se sienten, qué tan inclusivo es su entorno social y con qué frecuencia se sienten que quieren rendirse, entre otras cosas. Luego, los educadores estudian estos datos a través de paneles para comprender dónde los niños podrían necesitar ayuda, tanto dentro como fuera del aula.
Hace una década, no habría sido realista esperar que los profesores de la escuela rastrearan los pensamientos cotidianos, sentimientos y nivel de compromiso de todos y cada uno de los estudiantes, a pesar de que esta información es invaluable para los educadores. Con la tecnología del aula, estas prácticas pueden y deben convertirse en estándares.
Ninguna persona razonable piensa que es bueno que los niños estén pegados a sus pantallas 24/7 o que reemplacen interacciones humanas con una aplicación. Pero la idea de que el tiempo de pantalla es intrínsecamente perjudicial para los niños es igualmente tonta. Es hora de que los maestros y padres dejen de preocuparse y aprovechen la última tecnología para ofrecer a los niños una educación de clase mundial.
Siri Fiske es fundadora y directora de Mysa School en Bethesda, Md. y Washington D.C.

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