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Divulgando la cultura en dos idiómas.

AMLO’s First Days




By Jorge Ramos

Andrés Manuel López Obrador, Mexico’s new president, has gotten off to a fast start. This is a dramatic change from past administrations, but it’s no surprise, given that AMLO, as he is known, has been waiting for over 12 years for this moment. Now that he’s in power, López Obrador hasn’t hesitated to shake things up.
One of the most visible changes is AMLO’s new “early morning” news conference: Nearly every day at 7 a.m. he appears live on YouTube to let the country know what he’s up to. Yes, it takes him some time to answer questions (“I don’t speak fast,” he once told me), but I haven’t heard of a journalist not being allowed to ask him something. The contrast to former President Enrique Peña Nieto — who never dared to hold a news conference that included open questioning — is huge.
These morning sessions are a welcome breath of fresh air. I wonder if AMLO will be able to remain as open to the public as he is now for the remainder of his six-year term. A president’s tolerance for being challenged is inversely proportional to the time he has spent in office. And already he gets upset sometimes, as when he dismisses his media critics by calling them “fifí” (“snobbish”). In any case, the primary duty of journalists is to confront those in power, and López Obrador is in power now.
The new president has repeated his message — “We must put an end to corruption” — so many times it would be difficult to find a single Mexican who hasn’t heard it. AMLO has certainly set a good example by flying economy class, putting the government’s fleet of jets up for sale and opening up Los Pinos, the famously luxurious presidential residence, to the public. Populist? Yes, but consistent nonetheless.
AMLO has also required that his Cabinet members declare their assets, the first time they have been called upon to do so in Mexican history. This is a wise way to root out corruption, since an official whose wealth seems to dramatically increase will have to answer to a public who knows how much money the person had at the beginning of AMLO’s term.
López Obrador has been so eager to get things done that he even organized a public referendum on the construction of a new airport in Mexico City before his inauguration, and without a reliable vote-counting system in place. And yes, “huachicol” (“fuel theft”) is a national disgrace. But AMLO has moved so fast to fight it that he’s only produced new problems: The decision to transport fuel by tanker trucks instead of pipelines, which are so vulnerable to thieves, resulted in dire fuel shortages.
AMLO understands the power of symbolic gestures and straightforward rhetoric. And he uses these tools wisely, whether he’s discussing the “Fourth Transformation” (his campaign slogan), the “Mayan Train” (a 930-mile train line stretching across the country’s southeast), or just talking up the subsidies he has promised to millions of senior citizens.
The AMLO honeymoon is in full swing. Voters have no regrets; López Obrador would likely win again if another election were held today. The president wields an army of outraged digital volunteers ready to fight anyone who dares criticize their leader online. This is a president with particularly faithful supporters.
But watch out, because hard times are ahead.
Even though López Obrador has decided to end the war against drug lords, Mexicans are still being killed. Impunity prevails. And if the creation of AMLO’s new crime-fighting National Guard results in a more militarized country, there will be even more deaths. He will lose the benefit of the doubt granted to new presidents if dead bodies start piling up by the thousands in official statistics.
As for his foreign policy, López Obrador has managed to keep President Donald Trump at bay. AMLO largely ignores the bully to the north, while Trump himself, under siege at home, turns his attention elsewhere. For now.
AMLO’s reluctance to condemn the brutal dictatorship in Venezuela is, I think, a profound error. Standing up to Nicolás Maduro’s fraud and his human rights violations is by no means the same thing as backing a potential military invasion or supporting Trump. As the Nobel laureate Elie Wiesel said, “Neutrality helps the oppressor, never the victim.” Recognizing Maduro as Venezuela’s legitimate president — and hiding behind the 1930 Estrada Doctrine, which forbids meddling in other countries, as an excuse — is an ethical and diplomatic mistake, and reveals a complete lack of solidarity with the Venezuelan people.
AMLO is moving forward, Mexico is changing and nobody seems to miss Peña Nieto.
Times have changed.

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Los Primeros Días de AMLO

La presidencia de Andrés Manuel López Obrador en México comenzó de prisa y dando la cara. Y esto ya es un cambio. Se nota que llevaba más de 12 años preparándose para este momento. No tiene dudas — al menos en público — del rumbo a seguir.
El primer cambio es obvio y visible: Casi todos los días, a las 7 de la mañana, en su conferencia de prensa (“la mañanera”) AMLO da la cara y explica lo que está haciendo. Sí, se tarda en dar sus respuestas — “no hablo de corridito”, me dijo alguna vez — pero no sé de ningún periodista que no le haya podido hacer una pregunta. El contraste con el expresidente Enrique Peña Nieto — que se escondía y nunca se atrevió a dar una sola conferencia de prensa en su sexenio con preguntas abiertas para todos — es enorme.
Las “mañaneras” son bienvenidas. La pregunta es si sostendrá esa apertura por seis años. La tolerancia presidencial a ser cuestionado es inversamente proporcional al tiempo que lleva en el poder. Y a veces ya se nota la molestia cuando descalifica como “fifí” a la prensa que lo critica. Ni modo. Nuestro trabajo como periodistas es cuestionar a los que tienen el poder y hoy ese es López Obrador.
El nuevo Presidente ha repetido tanto su mensaje — “hay que acabar con la corrupción” — que es difícil encontrar a un mexicano que no lo sepa. Y él está dando el ejemplo con sus viajes en la sección turista de aviones comerciales, vendiendo la flota de jets privados del gobierno y abriendo al público la lujosa ex residencia presidencial de Los Pinos. ¿Populista? Sí, pero congruente.
Su gabinete es el primero en la historia de México que fue obligado a dar a conocer sus bienes. (¿Se acuerdan del lío que se armó cuando se descubrió la casa blanca de Peña Nieto y la casa de Malinalco de su asesor Luis Videgaray?) Esto es un sabio blindaje: Siempre sabremos cuánto dinero tenían los funcionarios públicos al inicio de su gestión (y ojalá sepamos con cuánto se van).
López Obrador empezó tan de prisa que hasta realizó un referendo sobre el nuevo aeropuerto antes de ser Presidente y sin un sistema confiable de conteo de votos. Sí, el huachicoleo es una vergüenza nacional. Pero AMLO iba tan de prisa que no estaban listas las pipas antes de cerrar los ductos petroleros. El resultado fue un terrible desabasto.
AMLO entiende los símbolos. Y los usa inteligentemente, desde su autonombrada “cuarta transformación” y sus críticas a expresidentes “nos dejaron un cochinero” — hasta la construcción del “Tren Maya” y los subsidios que prometió a millones de adultos mayores.
Puedo reportar que la luna de miel está en pleno apogeo.
Creo que AMLO hoy volvería a ser elegido. Todavía no hay arrepentimiento. Y tiene un ejército de voluntarios e indignados soldados digitales que acaban en las redes con cualquier que ose criticar a su líder. Estamos frente a un Presidente fuerte con sus propias clientelas y aliados.
Pero, cuidado, porque lo más difícil aún está por venir.
Las muertes no paran. Aunque AMLO haya decidido terminar la guerra contra los narcos, los homicidios y feminicidios no han desaparecido. La impunidad sigue. Si la nueva Guardia Nacional incrementa la militarización en el país, habrá más muertos. Y si se amontonen los cadáveres por miles en las estadísticas oficiales, se acabará el “beneficio de la duda” que aún disfruta el nuevo mandatario.
En política exterior, López Obrador ha logrado desactivar al “bully” de Trump. Casi lo ignora y el Presidente estadounidense, asediado en casa, ve a otro lado, “for now”.
Pero la negativa de AMLO a denunciar la brutal dictadura en Venezuela es, desde mi punto de vista, su principal error. Criticar el fraude y las violaciones a los derechos humanos de Nicolás Maduro no significa, de ninguna manera, apoyar los planes de una posible invasión militar o estar del lado de Trump. Decía el premio Nobel, Elie Wiesel, que “la neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima”. Seguir reconociendo al dictador Maduro como Presidente legítimo — escudándose en la Doctrina Estrada (establecida en 1930) — es una falla ética y diplomática, y una falta de solidaridad con el pueblo venezolano.
Así veo las cosas.
AMLO avanza, México está cambiando y nadie dice extrañar a Peña Nieto. Estamos en otros tiempos.

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