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Divulgando la cultura en dos idiómas.

The Most Violent Year of This Century




By Jorge Ramos

MEXICO CITY — The honeymoon is still going strong. Surveys — and his strong support on social media — suggest that millions of Mexicans still back President Andrés Manuel López Obrador (or AMLO, as he’s known) and are willing to give him the benefit of the doubt. The fact that 2019 is well on its way to becoming the most violent year in Mexico’s 21st-century history — if not its entire modern history — doesn’t seem particularly relevant to his supporters.
In the eyes of his supporters, AMLO is a consistent leader; he’s always there for them. I’m not aware of any other president in the world who holds a news conference nearly every day. When I attended one of them recently, no one prevented me from asking any questions. And AMLO likes to get close to his fans, even if it poses problems for his security detail. In order to work within the austerity measures he has called for, AMLO flies economy class and has put the presidential airplane up for sale. Fighting corruption is the central theme of his administration. He does what he says.
In addition, López Obrador made one of his most symbolic (and populist?) decisions when he refused to live in Mexico’s official presidential residence, known as Los Pinos. The compound has since been opened to the public and turned into a cultural center.
I recently visited Los Pinos, and it remains an astonishing reminder of the former luxury and extravagance of the presidential lifestyle. A separate house was built for former President Enrique Peña Nieto’s dogs, one official told me. I saw tennis courts and mini soccer pitches made out of synthetic turf. I took a stroll along a promenade lined with the sculptured figures of former presidents.
But what struck me the most about Los Pinos was the condition in which the many houses, rooms and offices were left: almost empty; a series of bland, white boxes containing only loose cables. In one bedroom, it even looked as if someone had pulled the wooden window frames from the walls. I completely understand why AMLO wouldn’t want to live in Los Pinos, though one could also argue that living in the National Palace is not exactly a sign of restraint.
Although AMLO’s economic policies are questionable — Mexico could soon be entering a recession — there’s no doubt that he has changed the image and direction of the presidency, and that public affairs now come before private matters. His huge failure so far, however, has been his inability to crack down on crime. (The recent attack at a bar in the Gulf Coast city of Coatzacoalcos was reportedly even worse than the El Paso shooting in the United States.)
The numbers are overwhelming. Between Dec. 1, 2018, and this August, 23,027 Mexicans were killed. These are the government’s official figures. Killings of women and girls are out of control: 662 were murdered during the period. And Mexican journalists continue to die; it remains one of the most dangerous countries in the world for reporters.
This isn’t normal. The first year of López Obrador’s presidency may turn out to be the most violent of our lives.
It’s true that violence has been a major concern from as long ago as 2006, when President Felipe Calderón launched his war on drugs. The National Guard — AMLO’s proposed solution — became operational only in June, and is expected to have roughly 80,000 troops by the end of this year. Up until now, however, there has been no sign that the president’s crime-fighting strategy is working.
We should take AMLO at his word. “I don’t want to keep saying that the previous administration is responsible, or blaming those who were there before,” he said recently. “Now we are responsible. … We know. Mexico faces severe and huge problems, and we must face them.”
For the first time since his inauguration last year, AMLO has accepted responsibility for the dead. He’s right, they are his dead, and accepting that fact is vital. We could discuss other topics: the Mexico City airport project he canceled, whether legal action against former presidents is possible, even where the president’s family should sleep. But protecting Mexican lives should be the president’s top priority.
Prevent us from being mugged, kidnapped, killed and raped! That’s the cry for help from all Mexicans. And in this, López Obrador, like his two predecessors, has failed.
The AMLO honeymoon may well come to an abrupt end when people realize that their president can’t fulfill one of his main promises. And when the honeymoon is over, only nightmares await.

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El Año Más Violento del Siglo

CIUDAD DE MÉXICO — La luna de miel continúa. Las encuestas — y las benditas redes sociales — sugieren que millones de mexicanos le siguen dando su apoyo y el beneficio de la duda al presidente Andrés Manuel López Obrador. Esto a pesar de que el 2019 está en camino de convertirse en el año más violento del siglo y, posiblemente, de la historia moderna de México. (En un momento les paso las terribles cifras de asesinatos y feminicidios.)
Esta luna de miel de nueve meses tiene, por supuesto, su razón de ser. Ante los ojos de sus seguidores, AMLO es un líder congruente. Da la cara; no conozco a ningún presidente del mundo que dé una conferencia de prensa diaria. Cuando fui a “la mañanera” no tuve ningún impedimento para preguntar lo que yo quería. Suele meter en aprietos a su equipo de seguridad por su constante cercanía con la gente. Prometió austeridad y, por lo tanto, viaja en clase económica y quiere vender el avión presidencial. Y ha hecho de la corrupción el tema central de su gobierno. Hace lo que dice.
En uno de los gestos más simbólicos — ¿y populistas? — AMLO se rehusó a vivir en la residencial oficial de Los Pinos. La acabo de visitar y el nuevo centro cultural es un recordatorio de los lujos, excesos y abusos de los expresidentes mexicanos. Se construyó una casa para los perros de Enrique Peña Nieto, según me informó un funcionario. Vi canchas de futbolito y tenis con pasto artificial, y un paseo del ego con esculturas de varios exmandatarios.
Pero lo más impresionante de Los Pinos es cómo dejaron las casas, salones y oficinas: casi vacías, con paredes en blanco y cables desconectados, hasta parece que se arrancaron maderas de las ventanas de una recámara presidencial. Entiendo por qué AMLO no quiso vivir en Los Pinos, aunque pudiera argumentarse perfectamente que vivir en Palacio Nacional tampoco es señal de moderación y austeridad.
A pesar de que las políticas económicas de AMLO han sido muy cuestionadas — México podría caer pronto en una recesión — no hay duda de que ha cambiado la imagen y la dirección de la presidencia; es lo público sobre lo privado. Pero la gran falla de su gobierno ha sido la incapacidad para reducir el crimen. Por ejemplo, la masacre de Coatzacoalcos ya es peor que la de El Paso, Texas.
Las cifras son espeluznantes. Han sido asesinados 23.027 mexicanos desde el primero de diciembre del 2018 al 31 de julio del 2019. Estas son cifras oficiales de homicidios dolosos. Los feminicidios siguen fuera de control: 662 mujeres fueron asesinadas en el mismo período. Y nos acaban de matar a otro periodista. México es uno de los países más peligrosos del mundo para ser reportero.
Esto no es normal.
El primer año de López Obrador puede ser el más violento de nuestras vidas. Entiendo que este es un problema que viene desde el 2006 cuando Felipe Calderón les declaró la guerra a los narcos. La Guardia Nacional, la solución propuesta por AMLO, apenas comenzó sus operaciones en junio y se espera que tenga 80 mil efectivos para finales de año. Pero no hay ninguna señal de que la estrategia anti crimen esté funcionando.
Hay que tomarle la palabra al Presidente. “No quiero seguir responsabilizando a la administración pasada y a los de antes de esas administraciones”, dijo recientemente. “Ya es nuestra responsabilidad. … Ya sabemos. Hay graves y grandes problemas nacionales y los tenemos que enfrentar”.
Por primera vez, desde que asumió la presidencia, AMLO ha tomado responsabilidad de los muertos. Sí, son sus muertos. Y esto es vital. Podemos discutir sobre la cancelación del aeropuerto, los juicios a expresidentes y hasta dónde debe dormir la familia presidencial. Pero la prioridad de todo Presidente debe ser proteger la vida de los mexicanos.
Que no nos maten, que no nos roben, que no nos secuestren ni nos violen. Eso es el grito de auxilio de los mexicanos. Y en eso López Obrador, al igual que los dos presidentes que le precedieron, ha fracasado.
La luna de miel puede terminar abruptamente si la gente se da cuenta de que su presidente no va a cumplir una de sus principales promesas. Las pesadillas acechan, no importa donde se duerma.

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