Divulgando la cultura en dos idiómas.

Columna de Jorge Ramos: La Trompada

ramos

La culpa de la visita de Donald Trump a México es del presidente Enrique Peña Nieto y de nadie más. Claro, sus cuates y asesores le dan ideas. Pero el poder ejecutivo radica, precisamente, en la toma de decisiones. Peña Nieto se puso de pechito para la trompada, y el “bully” de Trump lo destrozó.
Hubo, sin duda, un serio problema de planeación, y uno mucho más grave de ejecución. El equipo del presidente nunca cuidó a su jefe ni al país. Pero la ejecución presidencial fue terrible y vergonzosa.
La razón es sencilla: Peña Nieto nunca ha estado preparado para ser presidente de México. Todos lo sabíamos, pero muchos no lo queríamos ver. Desde la entrevista en que no supo responder de qué había muerto su primera esposa, hasta su imposibilidad de dar los nombres de tres libros que habían afectado su vida, era claro que estábamos ante un improvisado de la política.
Si como candidato falló e hizo trampa, como presidente no ha podido. El país es quien paga las consecuencias. Su gobierno podría convertirse en el más violento en la historia moderna de México. Sigue pendiente el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Y por más que lo quieran tapar, nadie se cree la “investigación oficial” sobre el grave conflicto de intereses en la compra de una casa de $7 millones de dólares a un contratista del gobierno.
Por eso hay una marcha en la ciudad de México para pedir su renuncia esta semana (la convocatoria de la marcha en Twitter es #RenunciaYa). El artículo 86 de la Constitución mexicana contempla la renuncia presidencial “por causa grave, que calificará el Congreso de la Unión”. Pero aunque haya muchos mexicanos que así lo deseen, no hay ninguna indicación de que Peña Nieto esté considerando renunciar ni que el congreso lo quiera acusar de “traición a la patria o delitos graves del orden común”, como establece el artículo 108.
Tampoco es factible que un grupo expertos de Naciones Unidas investigue las compras y propiedades de la familia presidencial, como ocurrió en Guatemala. La oposición política en México tiene, también, mucha cola que le pisen. Así que tenemos Peña Nieto para rato.
Pero quien sí se fue es Luis Videgaray, su secretario de hacienda y principal asesor. Videgaray quería preparar a México ante el peor escenario: un triunfo electoral de Trump. “Este señor (Trump) puede ser presidente y es ahí donde (Peña Nieto) tenía la opción de quedarse de brazos cruzados, intentar una estrategia de insulto recíproco o buscar el diálogo,” dijo en una entrevista antes de renunciar. “Vamos a volver a ver este día, si (Trump) es electo y vamos a decir: ‘Oye, a la mejor eso que criticamos, que en su momento parecía un error político, pues tal vez fue un acierto.’”
No fue un acierto. El error garrafal de Videgaray y de su jefe fue creer que este era el momento de apaciguar a Trump. No, este fue el momento de enfrentarlo y desmentirlo. Y la actitud pasiva, miedosa e incompetente de Peña Nieto en esa humillante conferencia de prensa es un fiel reflejo de su fallida presidencia. Así era de candidato y así es de presidente. ¿Qué esperábamos?
Invitar a Trump a México fue contraproducente. El error fue tan grande que Peña Nieto, sin quererlo, ayudó a que Trump remontara la distancia que le llevaba Hillary Clinton en las encuestas durante casi todo el verano. Un día después del encuentro Trump-Peña Nieto, CNN inició una encuesta como 1,001 personas (incluyendo a 886 votantes registrados). Al terminarla, cuatro días después, Trump le ganaba con 45% de la intención de voto a Hillary Clinton, quien tenía un 43%. Cierto, la encuesta tiene un margen de error del 3.5%, pero muestra a un Trump a la alza. No me extrañaría que uno de estos días, Trump le enviara un mensaje a Peña Nieto diciéndole: “Thank you, Enrique.”
Lo más significativo de todo esto es que Peña Nieto, al igual que muchos otros, se está preparando para lo que hace poco más de un año parecía imposible: una presidencia de Donald Trump. Ya veremos. Aún quedan dos meses de una brutal campaña.
Pero lo que es totalmente inaceptable, en cualquier parte del mundo, es seguir el método Peña Nieto frente a Trump: bajar la cabeza y esperar la trompada.
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto”.)
(¿Tiene algun comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envé un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, ciudad y país.)


Appeasing Trump

President Enrique Peña Nieto is solely responsible for Donald Trump’s recent visit to Mexico, and he alone should shoulder the consequences. The president’s advisers may counsel him, but he ultimately makes the decisions.
Last month, when Peña Nieto invited the Republican presidential candidate to Mexico City, he thought he could score political points with Trump and his supporters. But Peña Nieto never spoke up for Mexicans, never confronted Trump’s insulting Mexico for months on the campaign trail and never challenged his anti-immigrant rhetoric. Peña Nieto merely gave Trump a platform, and Trump ended up bullying him in front of the world.
Millions of Mexican voters were outraged by Peña Nieto’s behavior. But this misbegotten encounter revealed something very significant that many Mexicans haven’t been willing to admit until now: Peña Nieto just isn’t qualified to be president of Mexico.
Of course, this isn’t new. Peña Nieto’s weaknesses have been evident since before he was elected — for example, in an early interview when he couldn’t remember what led to the death of his first wife, or, during a candidates’ forum, his inability to cite three books that influenced him.
Mexico is now suffering the consequences of having a head of state without any sort of leadership skills. Just look at the evidence: Mexico is experiencing one of the most violent periods in its modern history; the case of 43 missing college students from Ayotzinapa remains unresolved; and many Mexicans still believe that the first lady’s purchase of a $7 million luxury home from a government contractor constitutes an appalling conflict of interest, no matter how much the administration tries to cover it up. The list goes on.
On Sept. 15, many Mexicans are staging a day of protest to demand Nieto’s resignation (the hashtag #RenunciaYa, or “resign now,” is being shared widely on Twitter). Article 86 of the Mexican Constitution states that a president should resign “for serious cause, to be determined by the Congress.” But Peña Nieto shows no sign of stepping down. Nor is there any evidence that the Mexican Congress is willing to charge him with “treason against the country or serious common-law crimes,” as provided by Article 108, which details the procedure for a president’s removal.
It’s also implausible that independent United Nations investigators might step in and look into the presidential family’s questionable property purchases, since Mexico’s political opposition is unlikely to support such a probe. After all, they themselves have their own secrets to hide.
So Peña Nieto, it seems, is here to stay.
However, the person who’s not staying is Luis Videgaray, Peña Nieto’s finance secretary and one of his closest advisers, who resigned shortly after the infamous visit. Videgaray pushed to invite Trump to Mexico because he wanted to prepare the country for the worst-case scenario: a Trump victory. “This man (Trump) could become president, and that’s where Peña Nieto had the option of doing nothing and trying a mutual-insult strategy, or seeking a dialogue,” Videgaray said in an interview before he left office. “We’ll look back on that day, if Trump is elected, and say: ‘Hey, maybe what we were criticized for, what at the time looked like a political error, maybe it was a success.’ ”
The meeting was hardly a success. Videgaray and his boss believed that it was the right moment to appease Trump. But they were wrong: They should have confronted him and called out his lies. Instead, Peña Nieto’s passivity and ineptitude during the meeting — and at a humiliating press conference with Trump afterward — mirrored the image of his failed presidency. Peña Nieto was incompetent as a candidate, and he’s just as incompetent as a president.
Back in the U.S., Peña Nieto unwittingly helped Trump narrow Hillary Clinton’s lead in the polls. Less than a week after the meeting in Mexico, a CNN survey of 1,001 people showed a Trump edge, 45% to Clinton’s 43%. The results were certainly within the survey’s 3.5% margin of error, but the message was that Trump’s numbers were rising. Perhaps Trump will soon send Peña Nieto a note thanking him for the bump.
Peña Nieto, like many other world leaders, is preparing for what seemed impossible a little over one year ago: a Donald Trump presidency. We’ll see what happens — two brutal months of campaigning are ahead. What’s totally unacceptable anywhere, however, is to be a Trump appeaser like Peña Nieto.

Share:

More Posts

Related Posts

Cuba: ‘Despertó el caimán’

By Jorge RamosEl periodista independiente Abraham Jiménez Enoa estaba en la azotea de su casa en La Habana tratando de conectarse para la entrevista con

Celebrating Missouri’s bicentennial

Communities across Missouri have already begun commemorating the bicentennial.A dedicated Website (https://missouri2021.org/) offers a calendar of events. The listings can be viewed by category, county