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Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos- La Casa Que Quema




Ramos

Ejercer el periodismo libre en México es, en ocasiones, casi un hecho heroico. Unos 80 periodistas han sido asesinados en una década y muchos más son reprimidos. Este es el caso de los autores del valiente libro “La Casa Blanca de Peña Nieto”.
Los mexicanos siempre habíamos sospechado que nuestros presidentes y ex presidentes se aprovechaban de sus puestos y de sus contactos para beneficiarse. Veíamos las casas, los viajes y los lujos, pero nunca les pudimos probar nada. Hasta ahora.
La extraordinaria investigación del nuevo libro no deja dudas sobre el conflicto de interés, la corrupción y la censura en México.
Los autores concluyen, con datos y documentos, que el presidente de México, Enrique Peña Nieto, y su esposa, Angélica Rivera, obtuvieron una casa valorada en millones de dólares de un contratista del gobierno. Y las filiales de ese contratista — Grupo Higa — “ganaron más de 8,000 millones de pesos” (unos 660 millones de dólares), según la investigación, cuando Peña Nieto fue gobernador del Estado de México. Actualmente tienen contratos por millones más con el gobierno federal — incluyendo unos para el hangar presidencial, la carretera Guadalajara–Colima y un gigantesco acueducto.
¿Dónde está el conflicto de interés? Aquí: El contratista se encargó de construir la casa “sin pedir pago alguno durante casi dos años y medio”, establece el reportaje. “De ese modo, el empresario le financió a Angélica Rivera una lujosa residencia sin adelanto económico, sin enganches ni contrato. ¿Qué ciudadano tiene tales beneficios?” Además, la venta de la casa fue por un valor muy inferior — 54 millones de pesos (o 4.5 millones de dólares del 2012) — al avalúo independiente hecho por los periodistas.
El investigador del gobierno, Virgilio Andrade, no vio nada raro en su pesquisa oficial. “Las relaciones no están prohibidas”, dijo. “Se tiene que probar la materialización de los beneficios.”
¿Qué más beneficio que pagar menos por una casa, no hacer ningún pago durante más de dos años y recibir un financiamiento privilegiado? Eso en cualquier parte del mundo se llama corrupción. Bueno, quizás en México no.
¿Le dieron una casa al Presidente y a su esposa a cambio de contratos gubernamentales? le pregunté a los periodistas Daniel Lizárraga y Sebastián Barragán, dos de los escritores del libro (junto a Rafael Cabrera e Irving Huerta). “Sí, ese es el corazón del reportaje”, me dijo Lizárraga “Si eso no es un tráfico de influencias ¿ante qué estamos?”
Este no es un problema de percepción, como sugirió el presidente Peña Nieto. “Estoy consciente y reconozco que estos acontecimientos dieron lugar a interpretaciones que lastimaron e incluso indignaron a muchos mexicanos,” dijo antes de disculparse. Pero la culpa no es de los mexicanos que creyeron que había algo podrido. La culpa es del Presidente y de su esposa.
Lo más indignante de todo, para muchos mexicanos, es que los periodistas que hicieron la denuncia perdieron su trabajo. La mayor parte del equipo de Carmen Aristegui — quien firme y honorablemente ha sido la cara pública y la voz en esta denuncia — fue despedida, con una excusa, de la radiodifusora donde laboraban. Pero para ellos está claro que se trató de un caso de censura.
¿Hubo censura directa de Los Pinos en este caso? “Yo creo que sí”, me dijo Lizárraga. “Yo creo que no querían que se supiera de la existencia de la casa”. ¿Los han podido callar? “No”, me dijo Barragán. “Seguimos trabajando y es probable que haya un relanzamiento del equipo (de Carmen Aristegui). Pero sí te puedo asegurar que en breve sacaremos nueva información.”
La historia es implacable. Cuando Peña Nieto deje la presidencia será recordado por la ventajosa manera en que llegó a Los Pinos, por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, por la escapatoria del Chapo y por una casa que le quemó la reputación.
México es un país que, en general, odia a sus ex presidentes. Tenemos razones de sobra. Y la venganza llega cuando dejan el poder. Peña Nieto entenderá demasiado tarde que no hay nada más triste y solitario que un ex presidente joven quien constantemente se está recordado — en la calle, en las redes sociales, en los lugares públicos — de que lo descubrieron en la trampa. Vendió su reputación por una casa y eso no se puede pintar de blanco.
(Posdata: “¿Por qué sigues escribiendo sobre esto?” me preguntan. Bueno, porque es lo único que podemos hacer desde el extranjero para apoyar a los periodistas que todos los días se la juegan en México. Aquí está la entrevista de televisión con los autores del libro: bit.ly/1Ic7zYj)
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univisión Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto.”)
(¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, ciudad y país.)


The ‘White House’ Is Burning

Exercising journalistic freedom in Mexico these days can be a heroic feat. In the last decade, some 80 Mexican journalists have been killed, and many more have faced reprisals or been threatened into silence, by criminals and public officials alike.
  That’s why the publication of a new book, “La Casa Blanca de Peña Nieto” (or “Peña Nieto’s White House”) is so remarkable. Its authors have fearlessly pursued the truth and used their findings to challenge the integrity of a sitting president.
  Mexicans have long suspected that their presidents and former presidents use their offices and contacts to benefit themselves financially. It doesn’t go unnoticed when presidents who have left office acquire lavish homes and luxury goods, or travel like princes. But evidence of their wrongdoing is usually elusive. Until now.
  The authors of this new book — journalists Daniel Lizarraga, Sebastian Barragan, Rafael Cabrera and Irving Huerta — conducted extensive research into the purchase of a modernist white luxury home by President Enrique Peña Nieto’s wife, Angelica Rivera, in 2012. They have no doubt that conflicts of interest, corruption and censorship abound within Mexico’s highest office.
  The authors document that Rivera, as Mexico’s first lady, purchased the home, worth $7 million, from Grupo Higa, a contractor with ties to the Mexican government. According to the authors’ investigation, subsidiaries of Higa were awarded bids worth some $660 million (in 2012 dollars) when Peña Nieto was governor of the State of Mexico, from 2005-2011. Higa still has active Mexican government contracts worth tens of millions of dollars, including ones for the construction of a highway and an aqueduct.
  According to the authors, the company built and financed Rivera’s home for $4.5 million, significantly below market value for the tony neighborhood of Lomas de Chapultepec in Mexico City, based on at least two independent appraisals. However, the authors write that Rivera didn’t have to make any payments on the property for about two years. “No down payment, no payment in advance,” the authors wrote. “What citizen enjoys such benefits?”
  Rivera and Peña Nieto have denied wrongdoing, and brushed off accusations that Rivera got a special deal because of Peña Nieto’s influence. After the story about the home came to light last year, Peña Nieto appointed Virgilio Andrade, his government comptroller, to conduct an official inquiry. Months later, Andrade announced, unsurprisingly, that he had found no evidence of corruption. Of course, this inquiry hasn’t lifted the cloud of suspicion surrounding Peña Nieto.
  Did the president and his wife get a house in exchange for government contracts? I recently interviewed two of the book’s authors, Lizarraga and Barragan, and asked them if that was the case. “Yes, this is the core of our report,” said Lizarraga. “If this isn’t influence-peddling, what is?”
  Dogged by questions related to the “white house” (Rivera recently sold her stake in the property), Peña Nieto has suggested that Mexicans are simply misinterpreting the facts. “I am aware and acknowledge that certain interpretations of these events have … outraged many Mexicans,” he said during a speech in which he apologized. But who can blame ordinary citizens for suspecting that this deal was rotten?
  The four authors were part of a team led by fellow journalist Carmen Aristegui, who first broke the story about Peña Nieto’s white house last year. Earlier this year, Aristegui was abruptly fired from her hugely popular radio show, reportedly over an issue with her contract. But she and her team suspect that her ouster was the Peña Nieto administration’s attempt to punish and silence them for reporting this story. “I think they didn’t want people to know about the existence of this house,” Lizarraga told me during our discussion.
  Has the administration succeeded in silencing them? “No,” Barragan told me. “We’ll keep working, and there soon might be a reboot of [Aristegui’s] team. … I can assure you that we’ll put out new information soon.”
  History is implacable. When Peña Nieto leaves office in 2018, he’ll be remembered for his failures: the 43 missing college students from Ayotzinapa, a tragedy that remains unexplained; by the prison escape of El Chapo, one of the world’s most notorious criminals; and by the white house that ruined what was left of his reputation.
  After his tenure is over, Peña Nieto will understand that nothing is sadder or lonelier than a young ex-president who is constantly reminded — in public and on social media — that he was caught red-handed. He sold his reputation for a house, and he won’t be able to whitewash that.
  (P.S.People ask me why I keep writing about this issue. My answer continues to be that journalists abroad should do all we can to support our fellow journalists who put their lives on the line every day in Mexico. My interview with the book’s authors can be seen here in Spanish: bit.ly/1Ic7zYj.)

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