Divulgando la cultura en dos idiómas.

Si pudiera entrevistar al Papa …By Jorge Ramos

Ramos

¿Qué periodista, de verdad, no quisiera entrevistar al papa Francisco? Hay pocos personajes más interesantes en el mundo que el líder de 1,200 millones de católicos. Además, hay que aprovechar que este es un Papa que sí da entrevistas.
Benedicto XVI y Juan Pablo II daban declaraciones a la prensa, pero no entrevistas. Acostumbrados al mito de la infalibilidad papal, a esos pontífices no les gustaba ser cuestionados sobre sus asuntos terrenales. Es una pena porque escondieron muchas cosas y, al hacerlo, dañaron a miles de jóvenes (les cuento en un momento).
El papa Francisco, en cambio, sí habla… a veces. Conseguir una entrevista con Jorge Mario Bergoglio es una especie de milagro periodístico: ocurre raramente, tras muchos rezos, y siempre sorprende.
Para buscar una entrevista con el actual Papa hay dos caminos: Uno, maniobrar los tortuosos caminos de la diplomacia dentro del Vaticano, que no es mi fuerte, y dos, apostar a que uno de sus buenos amigos te acerque al Papa. El problema es que no conozco a ningún amigo del Pontífice.
A pesar de todo, estoy haciendo mi lista de preguntas. Ojalá el Papa quiera hablar de todo en su actual visita a México, y no se quede callado como ocurrió en Cuba (fue tristísimo ver cómo detuvieron a un disidente frente a él y no dijo nada).
Si pudiera entrevistar al Papa en México — y suponiendo que no tendría mucho tiempo con él — empezaría preguntándole sobre los casos de abuso sexual en la Iglesia Católica. Sí, hay que empezar con lo más fuerte. La razón es sólida. El Vaticano protegió al monstruo de Marcial Maciel — el fundador de los Legionarios de Cristo y violador de múltiples menores de edad — y esa cultura de impunidad y complicidad sigue presente dentro y fuera de la Iglesia en México.
“Me siento obligado a pedir perdón personalmente por el daño que (algunos sacerdotes) han hecho por haber abusado sexualmente de niños,” dijo el Papa a principios del 2014. Existen más de 9 mil casos de abuso sexual dentro de la Iglesia Católica denunciados en el mundo en el último medio siglo, según la investigación del escritor Jorge Llistosella. Miles más no se han denunciado.
Desafortunadamente, todo se ha quedado en pedir perdón. La política del Vaticano es evitar que los sacerdotes pederastas pasen tiempo en la cárcel y paguen sus crímenes. Sólo los cambian de parroquia o los ponen a rezar.
Como ejemplo basta mencionar el caso de Luis Fernando Figari, el fundador del Sodalicio en Perú. El periodista Pedro Salinas lo acusa múltiples abusos sexuales en su libro “Mitad Monjes, Mitad Soldados.” Figari insiste en que es inocente, pero no ha dado la cara (aquí está mi entrevista con Salinas: bit.ly/1RBldN8).
Figari renunció en el 2010 a su cargo al frente de esta congregación Católica y está protegido en el Vaticano donde, supuestamente, lleva una vida de retiro. El Vaticano, hasta ahora, ha rehusado extraditarlo a Perú para que enfrente la justicia.
Hay muchas similitudes entre el ex líder del Sodalicio en Perú y el de los Legionarios de Cristo en México, según el periodista Salinas. Pero lo más escandaloso e incomprensible es la protección y complicidad del Vaticano.
Los gestos y los símbolos son fundamentales en la Iglesia Católica. El papa Francisco sabía que Juan Pablo II protegió a pedófilos como Maciel, y aún así lo hizo santo. Eso es un insulto a las víctimas de abuso sexual.
El ex sacerdote Alberto Athie denunció a Maciel ante la Santa Sede en 1999, pero no le hicieron caso, según me comentó hace tiempo el propio Athie. ¿Por qué los líderes de la Iglesia Católica decidieron ponerse del lado de los abusadores sexuales y no de sus víctimas?
El caso Maciel dejó al descubierto una triste realidad: Es extremadamente difícil que en México un sacerdote pederasta termine en la cárcel. Las víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes mexicanos sienten enorme frustración por la complicidad del Vaticano.
Pero el papa Francisco pudiera cambiar todo esto, ordenando a sus cardenales y obispos que entreguen a la policía a todos los sacerdotes pedófilos junto con sus investigaciones internas. El papa Francisco podría empezar ese gran cambio en México. Aunque dudo que lo haga.
Y dudo, también, que el papa Francisco me quisiera dar una entrevista si llegara a leer esto por casualidad. Pero, como ellos dicen, los caminos del Señor son inescrutables. Y los de las entrevistas también.
(Posdata: Mi deseo papal es que el Papa se reúna en México con las víctimas de sacerdotes pederastas, con los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y con los periodistas que fueron despedidos tras su investigación de corrupción en la llamada “Casa Blanca” mexicana. ¿Es mucho pedir?)
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univisión Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto.”)


If I Could Interview the Pope …

What journalist wouldn’t want to interview Pope Francis? Few people are more intriguing than the spiritual leader of the world’s more than 1.2 billion Roman Catholics. But getting a few minutes of face time with him is no easy task.
  A journalist who wants to interview Francis can go about it in two ways. First, he can try to maneuver through the Vatican’s diplomatic labyrinth (which is not my forte), or he can try to convince one of Francis’ close friends to grant access to him (though, of course, that requires knowing someone in the pontiff’s inner circle).
  Like his predecessors Benedict XVI and John Paul II, Francis seldom grants face-to-face interviews. And it’s easy to understand why: Popes don’t have to deal with earthly matters — they are cozily sheltered by the myth of papal infallibility. That’s a shame, since this isolation has allowed past popes to hide troubling facts and hurt many Catholics (more on that in a moment).
  To his credit, Pope Francis speaks out more than his predecessors — recently, for example, in his climate change encyclical. Still, landing an interview with the former Jorge Mario Bergoglio would be a journalistic miracle — vanishingly rare, and startling if it happens.
  So while I cover the pope’s visit to Mexico this week for Univision and Fusion, my prospects for an interview remain slim. Just in case, though, I have a list of questions for him.
  If I were to get a few minutes with Francis, I’d first hope that he would speak freely to me — and not keep silent on certain topics as he did on his trip to Cuba last year. It was disappointing to watch political dissidents face arrest while Francis said nothing.
  I’d begin my interview by asking about the Catholic church’s sex abuse scandals. For years, Vatican officials protected the Mexican-born priest Marcial Maciel, the late founder of the Legionnaires of Christ and a predator who sexually assaulted several minors in Mexico. And I would ask Francis why a culture of impunity and complicity remains within the church, in Mexico and elsewhere.
  In 2014, Francis declared that he was compelled “to personally ask for forgiveness for the damage (some priests) have caused by sexually abusing children.” According to an investigation by the author Jorge Llistosella, more than 9,000 sexual abuse cases have been reported within the Catholic church in the last half-century. And thousands more have not been reported.
  All too often, when priests are accused of crimes, the Vatican doesn’t bring them to justice. No, the church transfers these priests to other parishes, or quarantines them in a life of prayer and penance. Then, later, when the accusations are made public, the Vatican just asks for forgiveness.
  As evidence, take the case of Luis Fernando Figari, the founder of the Sodalitium Christianae Vitae society in Peru. In his book, “Half Monks, Half Soldiers,” the investigative journalist Pedro Salinas interviewed three men who alleged that Figari sexually abused them when they were boys — accusations that Figari has denied. (My interview with Salinas can be seen here: bit.ly/1RBldN8.)
  Figari quit his post as head of the Catholic society in 2010 and now lives in Rome, where he reportedly leads a contemplative life. To Salinas, the Figari case and its outcome are similar to Maciel’s. Perhaps the most outrageous factor is the Vatican’s complicity in shielding both men. Alberto Athie, a former Catholic priest, told me some time ago that he reported Maciel to the Holy See in 1999, but nobody paid attention. Why did church leaders side with the sexual offenders rather than with the victims?
  The truth is that Maciel’s case exposed a sad reality: It’s almost impossible for a priest who has committed such crimes to end up in prison in Mexico. Meanwhile, Pope Francis canonized John Paul II, even though he protected pedophile priests like Maciel — a deep insult to victims of sexual abuse.
  Francis could change all this by ordering his cardinals and bishops to turn over the names of priests accused of sexual assault to the authorities, along with information gathered from the church’s internal investigations. But I doubt that he will.
  I also doubt that Francis will ever grant me an interview — especially if he reads this column. But you never know. As the faithful say: God works in mysterious ways.
  (P.S. I also hope that during his trip to Mexico the pope finds time to meet with the victims of pedophile priests; the parents of the 43 missing college students from Ayotzinapa; and the journalists who were fired after investigating a possible conflict of interest related to Mexican first lady Angélica Rivera’s purchase of a home from a government contractor. Is that asking too much?)

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