Divulgando la cultura en dos idiómas.

Yes, the Family Separation Policy Is Torture

By Jorge Ramos

At this point we are beyond the moral indignation. It is ethically wrong to put children in cages, it doesn’t matter where they come from.
But I wonder if the end result would have been the same if there were American kids in cages and chain link fences instead of children from Guatemala, El Salvador and Honduras.
It seems that Donald Trump does not believe all children are equal. There is no law that required the president of the United States to separate families, a fact he finally acknowledged as he prepared to change his own policy yet again. A simple phone call could have stopped this child abuse practice that has separated more than 2,300 minors from their parents weeks ago.
The cruelty is unimaginable. The Mexican Foreign Minister, Luis Videgaray, reported that a 10-year-old girl with Down syndrome was separated from her mother for days. But most children at detention centers in the United States are from Central America. I spoke with a mother from El Salvador, Elena Martínez, who hadn’t seen her 11-year-old son for more than a month. She was with an ankle monitor in Houston while his son was kept at a detention center in California. She had no idea when they would see each other again.
So let’s be very clear, this is torture.
Article 1 of the United Nations’ Convention Against Torture defines torture as “any act by which pain or suffering, whether physical or mental, is intentionally inflicted on a person for (…) punishing him for an act he or a third person has committed…” This is precisely what the Trump Administration has done with its “zero-tolerance” policy at the border. They are separating families as a deterrent and punishing kids for the actions taken by their parents. And that’s precisely the definition of torture. (The U.S. signed the Convention against Torture in 1988 and ratified it in 1994.)
The audio released by ProPublica of children crying and calling for their parents is the best evidence we have, so far, of the suffering inflicted by an elected government on minors from other countries. Diplomacy and patience are not an option when children are suffering from life-changing traumas. Pope Francis called it “immoral.” And Andrés Manuel López Obrador, the leftist presidential candidate who is leading the polls in Mexico, described Trump’s new policies as “racists.” (If he wins on July 1, don’t expect another weak and spineless president like Enrique Peña Nieto.)
The Trump Administration is also in violation of Article 9 of the Convention on the Rights of the Child (signed by the U.S. in 1995). The treaty establishes that “a child shall not be separated from his or her parents against their will…” I do understand that families applying for political asylum have to go through a lengthy and complex judicial process. But there is no reason to separate them. They could be kept together, for brief periods, in shelters or be released until their day in court. The problem is that Donald Trump doesn’t want to.
There’s no easy solution to our immigration problems. Since the amnesty of 1986, we haven’t been able to find common ground on how to deal with millions of undocumented foreigners. But to put children in cages is not the answer.
The first step should be to stop the torture of kids. Nations are judged, not by the way they treat the rich and powerful, but how they deal with the most vulnerable. Destroy the cages, reunite all the children with their parents and get ready for a very painful conversation. We need an intervention.
Do we really want to be a country known around the world for torturing children? We require a much more realistic immigration policy. The refugees showing up at our Southern border would rather go through hell — namely, the U.S. immigration system — than risk the rape of their daughters or the possibility of their sons being recruited by gangs like MS-13.
Think about it, what would you do?
Of course, not all of them are fleeing violence and political persecution. For generations, poverty has been a pretty good incentive to go north. And that is not going to change when we have jobs for them in the U.S. and they can make in an hour what they used to earn in a day or two.
To tell you the truth, I don’t think we are going to be able to reach any kind of immigration consensus while Donald Trump is at the White House. The country is too polarized. So Plan B is already under way (and that is to resist until 2020).
But we cannot remain silent when our government is torturing children. Silence, in this case, is complicity. And I want to be able to look my children in the eyes.

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Sí, la política de separación familiar es tortura

Niños separados de sus padres y puestos en jaulas. Esta es la imagen que quedará de los Estados Unidos de Trump.
Aunque el Presidente estadounidense ya dio marcha atrás a esta cruel política, la mayoría de los 2,300 niños centroamericanos a quienes arrancaron de sus familias en la frontera todavía no han sido entregados a sus padres. No parece haber ningún sentido de urgencia. Sospecho que si se tratara de niños estadounidenses la respuesta hubiera sido muy distinta.
Marco, un salvadoreño de 11 años de edad, fue uno de los niños separados de sus padres. Cuando hablé con Elena Martínez, su madre, estaba desconsolada. “No hay dolor que se compare a no tener a tus hijos”, me dijo. Llorando me contó cómo salieron huyendo de El Salvador por la violencia. Ella, su esposo y sus dos hijos se entregaron a las autoridades una vez que entraron a Estados Unidos. Pero eso no evitó que los separaran. Su esposo terminó en un centro de detención, su hijo Marco en otro, y ella y el niño más pequeño, de cinco años, fueron dejados en libertad. A ella le pusieron un grillete en el tobillo derecho para que no se escapara. (Aquí está mi entrevista con ella)
La crueldad ha sido mayúscula. El gobierno mexicano reportó que una niña, de 10 años de edad y con síndrome de Down, había sido separada de sus padres. No sólo eso. El propio gobierno de Trump fue quien difundió las imágenes de los niños dentro de jaulas metálicas en un centro de detención en Texas. Su prepotencia y descuido fue tal que a ningún funcionario gubernamental se le ocurrió que esos videos causarían un escándalo internacional.
El gobierno de Trump torturó niños. Y no es exageración.
Naciones Unidas -en el artículo 1 de su Convención contra la Tortura (1984)- define como tortura “cualquier acto que provoca dolor o sufrimiento” y que es aplicado intencionalmente a una persona con el propósito de “castigar por un acto cometido por ella o por una tercera persona.” Y esto es exactamente lo que hizo Trump: castigar a menores de edad por las decisiones que tomaron sus padres. Los audios difundidos por ProPublica (en que se escuchan a niños llorando y llamando a sus padres) es la mejor evidencia que tenemos de la tortura a la que fueron sometidos. (Aquí están los audios https://youtu.be/PoncXfYBAVI) Estados Unidos firmó la Convención contra la Tortura en 1988 y la ratificó en 1994.
Además, el gobierno estadounidense violó la Convención sobre los Derechos del Niño (tratado que firmó en 1995). En su artículo 9 dice: “un niño no debe ser separado de sus padres en contra de su voluntad…” Entiendo que los padres puede estar sujetos a un proceso judicial por haber entrado ilegalmente al país. Pero el gobierno de Trump no tenía por qué quitarle a sus hijos.
Hace unos días, en una firma de libros en Houston, una niña de unos 10 años de edad se me acercó, me dio una carta y me pidió que la leyera al terminar el evento. Sólo la voy a identificar por sus iniciales ya que no confío en que este gobierno proteja a los niños. La carta, manuscrita y en español, dice lo siguiente:
“Me llamo K.S. Soy hija de padres salvadoreños, nacida en los Estados Unidos. Me duele lo que dice el presidente Trump de nosotros los hispanos… Quiero que pare de separar familias inocentes. Entiendo su dolor. Porque yo sé que si a mi me separa de mis padres, yo estaría bien triste. A mi me gustaría preguntarle a Donald Trump cómo se sentiría él si lo separaran de sus hijos. No bien ¿verdad? Él nos debe tratar como él quiere que lo traten a él.”
K.S. tiene razón. Pero me temo que las cosas van a empeorar para los inmigrantes en Estados Unidos. Nunca había visto algo así en mis 35 años en este país. “Es traumante lo que las autoridades le hacen a las familias castigando a los niños de esa forma”, me dijo Elena. Tuvo que pasar más de un mes para que Marco saliera de un centro de detención para menores en California y pudiera reunirse con su madre en Texas.
Estados Unidos tiene una doble imagen. No hay duda que sigue siendo un refugio para los que huyen de la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades. Muchos centroamericanos prefieren venir y arriesgarse que quedarse en sus países de origen. Pero poner a niños y a familias en jaulas no es la solución. ¿A quién se le ocurrió semejante abuso?
Hay días en que no reconozco a este país.

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