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Sí hay que investigar a los expresidentes

By Jorge Ramos

México es un país que siempre ha estado intranquilo con su pasado. Ha dejado muchas heridas históricas abiertas sin resolver. Por eso es válido, legítimo y necesario investigar nuestra historia reciente y, con ello, a los expresidentes mexicanos. No se nos pueden olvidar los fraudes, los abusos de poder, las posibles violaciones a los derechos humanos, los actos de corrupción ni las partidas secretas de los últimos sexenios.
Ese deseo de saber qué paso —y quizás hacer justicia— quedó demostrado con las más de dos millones de firmas que organizaciones afines al presidente de México y a su partido dicen haber juntado para hacer una consulta popular sobre si se debe o no investigar a los últimos cinco exmandatarios.
Claro que hay que investigar. Ningún expresidente debe tener impunidad. Pero debemos saber en lo que nos estamos metiendo. Se trata de un proceso muy largo y doloroso. Tomará años. Pero es necesario: no sólo debemos atender los actos de corrupción, sino indagar en nuestra historia y en intentar obtener la verdad. También, se tratará de un proceso que va a distraer a la opinión pública de asuntos fundamentales, como las terribles consecuencias de la pandemia y el creciente número de crímenes violentos. El país se pararía el día que llamen a testificar a Carlos Salinas de Gortari, a Felipe Calderón o a Enrique Peña Nieto.
Pero hay que tener mucho cuidado. Si se hacen juicios o investigaciones por cuestiones políticas, todo puede quedar en un trágico espectáculo. Y eso no ayudaría a la justicia pero sobre todo no ayudará a impedir la corrupción y la violación de los derechos humanos en un futuro.
Más que juicios individuales lo que necesitamos en México es una comisión que se encargue de buscar la verdad del pasado y que combata la impunidad del presente. Y si de ahí surgen acusaciones concretas sobre crímenes y violaciones específicas, entonces después se puede seguir un proceso penal. Es muy posible que muchos crímenes y ofensas ya hayan prescrito. Por eso, lo más importante es saber qué pasó.
En México tenemos extraordinarios académicos, historiadores y juristas independientes que podrían recuperar el material necesario y realizar investigaciones. Además, se requiere de una figura de reputación irreprochable, aceptada por todos los partidos políticos, para estar al frente de este gigantesco y polémico esfuerzo, cuyos procedimientos, presupuesto y resultados tendrían que ser transparentes y estar abiertos a los ciudadanos.
Aunque propiciadas por circunstancias distintas de las de México —guerras civiles o dictaduras militares—, hay varios países de la región que se han lanzado en la complicadísima aventura de revisar su pasado reciente con comisiones de la verdad —como Chile, Argentina, El Salvador—. Muchas veces, han salido de sus procesos con democracias más fortalecidas y han promovido un proceso de reconciliación. Incluso en Chile, por ejemplo, le llamaron Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación.
Pero eso yo no lo veo en México. No veo ningún interés de reconciliación. Más bien lo que percibo es un deseo de revancha. Basta ver una de las Mañaneras del presidente Andrés Manuel López Obrador para conocer las cuentas pendientes que tiene con los expresidentes Calderón y Peña Nieto, a quienes ha responsabilizado de la actual situación de violencia en el país y a quienes ha acusado de supuestos fraudes que le evitaron llegar al poder en 2006 y 2012.
Hay mucho que investigar, denunciar y asimilar.
Ya sea que se realice una consulta popular para enjuiciar a expresidentes o que se cree una comisión dedicada a desentrañar la verdad histórica, yo sí quiero saber qué pasó con el que para muchos expertos fue un fraude electoral mayúsculo en 1988 y cuál fue el papel de Manuel Bartlett, el actual director de la Comisión Federal de Electricidad. Luego que se cayera el sistema, Carlos Salinas de Gortari, el candidato del PRI, fue declarado ganador pero su contrincante, Cuauhtémoc Cárdenas, declararía: “Estamos convencidos de que hubo fraude el 99 por ciento de los mexicanos”.
Sin duda quiero saber cómo se utilizaron los más de 854 millones de dólares de la llamada “partida secreta” del presupuesto durante el sexenio de Salinas de Gortari. “En todos los gobiernos en todo el mundo existen fondos confidenciales que se utilizan para tareas de responsabilidad del Estado”, me dijo el expresidente en una entrevista en el año 2000. Creo que en este 2020 ya se debe revelar ese secreto.
Quiero saber cómo Ernesto Zedillo llegó a la candidatura del PRI —y luego a la presidencia— tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994. “Usted mejor vaya y pregúntele al PRI”, me dijo Zedillo molesto en una entrevista de 1996, cuando lo cuestioné sobre el doble dedazo de Salinas. Bueno, ahora le tocaría contestar a él.
Quisiera saber qué pasó con la idea de una Comisión Nacional de Transparencia —para investigar a expresidentes— que me mencionó Vicente Fox poco después de ganar la presidencia en 2000. ¿Qué la detuvo?
Quisiera saber cómo “el crimen organizado se estaba apoderando de pueblos y ciudades enteras”, como escribe el expresidente Calderón en su libro Decisiones difíciles. Cómo se pasó “del narcotráfico al narcotráfico más menudeo” y cómo se tomó la controversial decisión de declararle la guerra al narco.
Quiero que interroguen al expresidente Peña Nieto sobre posibles conflictos de interés en la compra de la propiedad conocida como la Casa Blanca, sobre los posibles sobornos de la empresa Odebrecht a funcionarios de su gobierno, sobre la censura a la periodista Carmen Aristegui y sobre su responsabilidad en el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Con tantas preguntas, no hay por qué dejarlo estar tan cómodo en Madrid o donde quiera que esté.
Quiero, como muchos mexicanos, que los expresidentes den la cara. Y que si cometieron un crimen o un fraude, que paguen o vayan a la cárcel. Pero juicios sin sustento no van a lograrlo.
México será un mejor país cuando tengamos la certeza de que un expresidente puede ser tratado por la justicia exactamente igual que uno de sus gobernados. Se puede y se debe dar el primer paso creando una comisión que persiga la verdad.
Ya estamos advertidos: este es un pozo sin fondo y habrá durísimos coletazos de los dinosaurios que se creían intocables hasta hace poco. Pero México se tiene que decir la verdad. Ya es hora.

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