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Jorge Ramos: La salida del paraíso y la entrada al mundo ómicron

By Jorge Ramos

Pude salir del paraíso. Pero no fue fácil. Y cuando finalmente lo logré, me encontré con un panorama preocupante en el mundo: la variante ómicron —mucho más transmisible que otras pero menos letal que la delta— se ha extendido por todo planeta y ha roto casi todos los récords pandémicos.
Retomo esta columna donde dejé la última. Después de dar positivo de covid a finales de diciembre en Mahé, una las islas de las Seychelles en África, un doctor del Ministerio de Salud me llamó y ordenó un estricto aislamiento por diez días. Así, con una llamada, quedé varado. Durante ese tiempo no podría salir de mi habitación ni mucho menos del país.
Los miembros de mi familia —todos salieron negativo en sus pruebas— regresaron de inmediato a Miami y fue entonces que pasé algunos de los días más solitarios e inciertos que recuerde. Aunque solo presenté síntomas leves y estaba en uno de los lugares más hermosos del mundo —clima tropical, montañas verdísimas, mar suave y cálido— no lo pude disfrutar. Estaba atrapado en el paraíso.
Ahora casi todos tenemos algún caso cercano de contagio: o nos hemos infectado o conocemos a alguien que se contagió. O las dos cosas. Poco a poco, de frustración en frustración, nos empezamos a dar cuenta de que 2022 no será el año de la salvación. Más bien, es posible que este sea el año en que tendremos que reconocer que no le vamos a ganar totalmente al virus. Es posible que debemos aprender a vivir con él. Ómicron, como dijo el doctor Anthony Fauci, el principal asesor sobre la pandemia en Estados Unidos, “finalmente encontrará a casi todo el mundo”.
Y a mí me encontró en un archipiélago africano en el océano Índico. A pesar de estar bien de salud, la película mental que veía en bucle era apocalíptica. Pensaba en los peores escenarios. ¿Y si me da neumonía? ¿Y si cierran el aeropuerto o las líneas aéreas cancelan los vuelos? Como para abordar un avión de vuelta a Estados Unidos es necesaria una prueba negativa, también me pregunté si, como ha pasado en otros países del mundo, en las Seychelles se quedaba sin pruebas: entonces, ¿cómo regresaría a casa?
No lo hablamos lo suficiente pero el estrés crónico y los daños a la salud mental nos han marcado profundamente en estos casi dos años de pandemia. Mientras estuve aislado, en el cuarto de hotel, seguí una rutina: ejercicios, comidas, escritura, lectura, videos y comunicación para no perder el balance interno. Me tomaba la temperatura y los niveles de oxígeno varias veces al día. Y el resto fue una larga espera.
No se materializó ninguno de los escenarios catastrofistas que se repetían en mi cabeza, por fortuna. Mi régimen diario me mantuvo sano y ocupado. Tuve tiempo para pensar sobre las cosas que quiero cambiar en mi vida. Tras cumplir las órdenes gubernamentales de aislamiento, y armado con dos pruebas negativas durante dos días seguidos, me subí al avión. Más de 24 horas después llegué a Miami. Otra prueba PCR confirmó que seguía negativo.
Y aunque estoy de vuelta agradecido, veo con inquietud el pronóstico sombrío de la Organización Mundial de la Salud. El organismo calcula que dentro de unas semanas la mitad de la población en Europa podría contagiarse de covid. Además, 26 países europeos y de Asia central reportaron que más del uno por ciento de su población se está infectando del virus cada semana.
Con esa expansión vertiginosa muchas naciones han perdido la ambiciosa idea de erradicar el virus. China no, ya que tiene como política de salud pública el “cero covid”. Entre el 4 y el 20 de febrero, el país tendrá una oportunidad de mostrar si es posible: los Juegos Olímpicos de Invierno en Pekín pondrán a prueba la ilusoria intención estatal de controlarlo todo, hasta los virus. Pero en estos días parece insostenible: ómicron es muy transmisible y mientras haya grandes poblaciones sin vacunar, el virus seguirá mutando.
Y eso pone el foco de atención en quienes no se han vacunado, que son algunas de las personas más vulnerables ante el coronavirus. Un ejemplo: de los 130 pacientes que estaban hospitalizados con covid en Ciudad de México para el 12 de enero, 99 no se habían vacunado, según datos de las autoridades. Esto es el 76 por ciento de esos hospitalizados. En Estados Unidos también se ha visto una tendencia reveladora: aunque en general han aumentado las hospitalizaciones con la variante ómicron, la gran mayoría de los pacientes que están en unidades de cuidados intensivos (UCI) no están vacunados.
La evidencia médica sugiere que quienes están inmunizados tienen menor probabilidad de requerir hospitalización —o ser enviados a las UCI— y por lo general presentan síntomas más leves que las personas que no se han vacunado. Las vacunas funcionan. Un caso paradigmático es el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien se reinfectó de coronavirus recientemente pero sus tres dosis de AstraZeneca lo han mantenido con pocos síntomas y fuera del hospital.
Aunque hay muchas frustraciones y algo de desesperanza, no nos equivoquemos. Hay muchas cosas que se pueden hacer para controlar la covid: la aplicación de vacunas, el uso de mascarillas, la distancia social, las pruebas constantes, la autorización de nuevas medicinas y tratamientos, el buen ejemplo de líderes responsables y medidas sociales que limiten la transmisión. Tomar estas medidas significa, sin exagerar, la diferencia entre la vida y la muerte.
Yo estoy muy agradecido con la ciencia. Si no me hubiera vacunado y puesto el refuerzo, no sé dónde estaría. Nunca sabré con certeza cómo ni cuando me infecté. Pero afortunadamente estoy en la lista de los más de 265 millones de personas que se han recuperado.
Hoy, para mí, ese es el verdadero paraíso.

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