Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos: Ocultar la realidad

El presidente estaba enojado.
El Departamento de Estado de Estados Unidos acababa de dar a conocer su informe anual de violaciones a los derechos humanos en el mundo y México no había salido bien parado. Hay graves acusaciones de asesinatos, feminicidios, tortura, corrupción e impunidad. “Es un bodrio”, dijo molesto el presidente Andrés Manuel López Obrador sobre el reporte. “Son calumniadores” y “no tienen pruebas”. E infantilmente le llamó “departamentito” al Departamento de Estado, encargado de la política exterior de la más rica superpotencia del planeta.
El problema es que lo que dice el reporte es cierto, sí tiene pruebas y López Obrador está tratando de ocultar la realidad. Quizás con sus mañaneras diarias AMLO logra imponer la agenda noticiosa en México. Pero no puede hacer lo mismo en Estados Unidos ni en el resto del mundo.
México, hay que decirlo, es un país peligrosísimo. Y nada de lo que diga AMLO para negarlo cambia los hechos. El reporte dice que en México hay desapariciones forzadas por agentes gubernamentales, torturas, detenciones arbitrarias, restricciones a la libre expresión y a los medios, violencia contra periodistas, insuficientes investigaciones a la violencia de género e impunidad y niveles extremadamente bajos de enjuiciamiento, entre muchas otras violaciones a los derechos humanos.
El reporte del Departamento de Estados no es una invención. Es una obligación anual de informarle al congreso sobre lo que ocurre en las naciones que ayuda Estados Unidos o que forman parte de la ONU. En su elaboración colaboran embajadores, especialistas en política exterior, organizaciones no gubernamentales, académicos, periodistas y expertos en derechos humanos. A ellos es a los que López Obrador llamó “mentirosos”. “Es pura politiquería, con todo respeto”, dijo el presidente.
No lo es, con todo respeto.
De hecho, el reporte del Departamento de Estado coincide en muchos temas con las cifras oficiales del mismo gobierno de López Obrador. En el 2022 hubo 30,966 asesinatos en México, 973 feminicidios y 723 secuestros. Eso es exactamente lo que denuncia el reporte de Estados Unidos.
Y no sorprende que el tema central del reporte sea la presencia y creciente influencia de los carteles de las drogas en México. El Departamento de Estado dijo que los elementos criminales, incluyendo pandillas y narcotraficantes, fueron los que significativamente realizaran crímenes violentos, homicidios, tortura, secuestro, extorsiones y tráfico humano, y que la mayoría de estos crímenes no son investigados ni enjuiciados.
En una audiencia del Senado le preguntaron al Secretario de Estado, Anthony Blinken, si él creía que los carteles de las drogas controlan partes de México y no el gobierno. “Es justo decir que sí”, respondió Blinken. Y eso es lo mismo que pudiera decir cualquier mexicano en Tamaulipas, Michoacán o Sinaloa. AMLO ha perdido el control de amplios sectores del territorio nacional con su política de “besos y no abrazos” (como dijo hace poco, quizás intencionalmente, el senador estadounidense Bob Menendez).
López Obrador dice, correctamente, que el estado mexicano ya no es el principal violador de los derechos humanos. Pero su militarización del país ha dado lugar a muchos abusos. El pasado mes de febrero cinco jóvenes, desarmados, murieron cuando el ejército mexicano “accionó sus armas de fuego” contra la camioneta en que viajaban, según la Secretaria de Defensa Nacional de Mexico. Con 20 balazos es difícil pensar que fue una equivocación.
Pase lo que pase, el lugar del ejército es en los cuarteles. Y será muy difícil en un futuro quitarles el poder que López Obrador les ha cedido (incluso sin tener resultados positivos contra la narcoviolencia y en la recuperación de territorios en control de los carteles de las drogas).
López Obrador, todas las mañanas, de lunes a viernes, les pinta a los mexicanos el país que él se imagina – es la narrativa desde el poder – pero que no es en el que viven más de 130 millones de personas. Sigue siendo un presidente muy popular – en contraste con los previos y corruptos gobiernos de panistas y priistas – y tiene la legitimidad de más de 30 millones de votos en la pasada elección. Pero no es mago. Sus palabras no cambian la realidad. Y lo peor es que, al no reconocer lo que está mal y asumir su responsabilidad en los errores, es imposible encontrar verdaderas soluciones.
Al final de cuentas, lo que reporta el Departamento de Estado sobre la violencia, la impunidad y la violación de los derechos humanos en México es exactamente lo mismo que viven en carne propia los mexicanos. Los muertos, los feminicidios, los secuestros y los periodistas asesinados no se pueden ocultar con un par de insultos en la mañanera. Son palabras huecas.

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