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Grandes Esperanzas para Cuba- Columna de Jorge Ramos

Ramos

¿Cómo no voy a querer que haya democracia en Cuba, que los cubanos no sean reprimidos ni censurados, y que los dictadores Raúl y Fidel Castro se pudran en una cárcel? La gran ilusión es que la reciente apertura de Estados Unidos hacia Cuba y el próximo viaje este mes del presidente Barack Obama a la Habana logren un cambio en la isla. Pero la verdad es que la isla sigue siendo una brutal dictadura, y no ha hecho ni un solo cambio significativo desde que reabrió su embajada en Washington.
No hay visitas milagrosas. Muchos creyeron, equivocadamente, que la visita del papa Juan Pablo II en 1998 promovería un cambio democrático. “Ojalá que Cuba, con todo su magnífico potencial, se abra al mundo, y ojalá el mundo se abra a Cuba”, pidió el Papa. Pero Cuba no se abrió a nada.
Tampoco lo hizo con la visita el año pasado del papa Francisco. El pontífice argentino se comportó con un incomprensible servilismo, no se quiso reunir con disidentes y hasta llamó “presidente” al dictador Raúl Castro.
Algo tiene Cuba que le hace morderse la lengua a muchos. El escritor colombiano, Gabriel García Márquez, defendió hasta su muerte a Fidel Castro, un tirano que bien pudo haber sido el protagonista de su novela “El Otoño del Patriarca”.
Si dos Papas y un premio Nobel no movieron ni un poquito al régimen cubano, mis esperanzas de que lo haga un presidente estadounidense que ya va de salida son muy pocas.
Miles de cubanoamericanos también tienen sus dudas. El 40% de los cubanos que vive en Estados Unidos rechaza la nueva política de la Casa Blanca hacia Cuba, según una encuesta nacional de Bendixen y Amandi. ¿Por qué? Primero, nunca fueron consultados, y no creen en los poderes mágicos de Obama. Además, alguna vez vivieron dentro del monstruo.
No son cuentos. “El régimen cubano continúa reprimiendo a individuos y grupos que critican al gobierno y que promueven los derechos humanos”, concluyó un informe de Human Rights Watch del 2014 y todo sigue exactamente igual. (Aquí está el informe: bit.ly/1fjiOWl.)
Por muchos años se repitió la falacia de que no habría castrismo sin Fidel Castro (igual que se dijo que no habría chavismo sin Hugo Chávez en Venezuela). Pero Fidel, enfermo, traspasó su poder a su hermano Raúl de dedazo, y ahora tenemos a un nuevo dictador que dice que se retirará en el 2018.
Pero entendamos algo de una vez y por todas: Las dictaduras nunca terminan por la generosidad de sus tiranos. A las dictaduras hay que tumbarlas.
La teoría de Obama es que el “poder suave” de Estados Unidos — con más contactos, más diplomacia, más visas, más inversiones y más comunicaciones — debería acabar poco a poquito con la dictadura marxista. Por eso la insistencia de terminar con el embargo norteamericano a la isla; es algo que quieren los Castro y es también una parte fundamental de la nueva estrategia de Obama.
Alguna vez le pregunté a un alto funcionario de Estados Unidos por qué no le llamaban “dictador” a Fidel y a Raúl Castro. Su respuesta fue un poema: porque el título oficial que les asigna el gobierno cubano es otro. Así que, cuando Obama aterrice en la Habana el 21 de marzo, que nadie se sorprenda de las sonrisas y de los discursos en que se referirá como presidente al dictador en turno.
A mí hace 18 años que me niegan la visa de periodista para entrar a Cuba. No les gustó que en 1998 reportara en la isla sobre disidentes y periodistas independientes. Y han cumplido su promesa de dejarme fuera. No hay nada nuevo en que una dictadura actúe como una dictadura.
Pero espero, algún día, regresar con mis dos hijos. Paola y Nicolás nacieron en Miami, llevan sangre cubana y quisiera acompañarlos a los lugares donde crecieron sus abuelos. Imagino que sería una visita parecida a la que hice a Chile tras la salida de Augusto Pinochet o a Sudáfrica luego del fin del apartheid. Los fines de las dictaduras siempre son de fiesta.
Entonces, y sólo entonces, sabremos si Obama tenía razón.
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univisión Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto.”)
(¿Tiene algun comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envié un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, ciudad y país.)


High Hopes for Cuba

By Jorge Ramos

Now that the U.S. has opened relations with Cuba and President Obama is slated to visit later this month, many people expect that big changes will finally come to the island. Don’t hold your breath. Cuba is still run by a brutal dictatorship, and it’s still deeply entrenched in its ways.
  Simply put, when it comes to the Castro brothers, historic trips don’t lead to miraculous policy changes. Let’s not forget that in 1998, commentators were certain that Pope John Paul II’s visit would usher in a new era of democracy and end oppression in Cuba. When he arrived in Havana, the pontiff declared, “May Cuba, with all its magnificent potential, open itself up to the world, and may the world open itself up to Cuba.” And then the pope went on with his criticism-free visit. Of course, in the end, Cuba opened itself to nothing.
  Similar declarations that things were about to change there were made last year when Pope Francis visited — that he would be the one who could finally talk sense to the Castros, and bring about a wave of reforms to Cuba. But as soon as he landed on the island, he conducted himself with an inexplicable sense of servitude, referring to the dictator Raul Castro as “president” and refusing to meet with Cuban dissidents. There’s just something about Cuba that makes people hold their tongues.
  Until the day he died in 2014, the famed Colombian writer Gabriel García Márquez defended Fidel Castro — the brother of Raul and a tyrant who could have been the main character in the author’s book “The Autumn of the Patriarch.” Yet while García Márquez was at times critical of the Cuban revolution, Fidel Castro never budged an inch.
  If two popes and a Nobel laureate couldn’t convince the Cuban regime to ease up on oppressing its own people, my doubt that an American president will achieve something meaningful in his last year in office shouldn’t surprise anyone.
  In fact, many people share my skepticism — more than 40% of Cuban-Americans don’t approve of the White House’s policies toward Cuba, according to a national poll from Bendixen and Amandi. Why? They were never consulted, to begin with, and they don’t believe that Obama has magical powers.
  After all, according to a 2014 report from Human Rights Watch, “the Cuban government continues to repress individuals and groups who criticize the government or call for basic human rights” (read the report here: http://bit.ly/1fjiOWl).
  For many years, we heard that there would be no “Castrismo” without Fidel Castro (just as people predicted that there would be no “Chavismo” without Hugo Chavez in Venezuela). Yet when the ailing Fidel Castro transferred power to his brother Raul, nothing changed. Raul Castro now says he will retire in 2018, but make no mistake: Dictatorships never come to an end due to the generosity of a tyrant. Dictatorships end because they are knocked down.
  The Obama administration believes that through the application of American soft power — closer relationships, along with more diplomacy, more visas and more investments — the Castro dictatorship will start to crumble. Hence the White House’s insistence on ending the U.S. trade embargo against the nation. That’s something that the Castros want, and it’s a crucial part of Obama’s new strategy. Given this approach, it should surprise no one that when Obama lands in Havana on March 21, there will be lots of speeches and smiles and, and he will refer to the Cuban dictator as “president.”
  It has been 18 years since I was denied a journalist’s visa to enter Cuba because the regime didn’t approve of my speaking with political activists and journalists when I was last there in 1998. But I hope to go back one day with my children — Paola and Nicolas were born in Miami, but they have a Cuban heritage. I’d like to go with them and see the places where their grandparents are from.
  That visit will happen when the Castro dictatorship is gone. When my next visit to Cuba comes, I imagine that it will be a somewhat festive trip — similar to visiting Chile after Augusto Pinochet, or South Africa after apartheid. Then, and only then, will we know if Obama was right.

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