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Divulgando la cultura en dos idiómas.

Sobrevivir al Dictador




ramos

En honor a mis amigos cubanos en el exilio.
MIAMI —Desde que vine a vivir a Miami en 1986, he oído muchas veces de la muerte del dictador Fidel Castro. De hecho, en esta ciudad mataban a Fidel dos o tres veces al año. En innumerables ocasiones recibí llamadas y textos avisándome de su muerte. Todas fueron falsas. Menos la última.
Al principio corría al estudio de televisión de Univision para estar preparado ante el anuncio de su muerte. Pero conforme pasaban los años comprendí que se trataba de un ejercicio inútil. Las noticias de su muerte, para repetir a Mark Twain, siempre eran exageradas. Fueron casi 58 años con Fidel en el poder en Cuba.
Lo conocí una sola vez, y recuerdo sus uñas largas sobre mi hombro izquierdo. Corría el año 1991, había caído el muro de Berlín, se desmoronaban los países comunistas y se realizaba en Guadalajara, México, la primera Cumbre Iberoamericana. Lo agarré saliendo de su cuarto de hotel y hablé con él sólo 63 segundos. (Aquí está esa vieja entrevista: bit.ly/2gKhS2B.)
Mientras Fidel me trataba de abrazar y yo me alejaba de su brazo-pulpo, le pregunté si había llegado el momento de dejar el poder. “Muchos creen que este es el momento para que usted pida un plebiscito”, le dije. Me contestó que nadie tenía el derecho de reclamarle algo así a Cuba y, de pronto, uno de sus guardaespaldas me empujó, perdí el balance y Fidel siguió caminando sin voltear. Fue todo.
Fidel era un brutal dictador. Ordenaba ejecuciones de opositores, mantenía prisioneros políticos, violaba sistemáticamente los derechos humanos, evitaba siempre elecciones multipartidistas, censuraba brutalmente a la prensa y tenía un control absoluto de todos los rincones de la isla. Fidel era un perverso en la aplicación de la violencia. Por eso hoy no podemos presentarlo como un héroe. No lo era.
Durante años le preguntaba a muchos presidentes latinoamericanos si, para ellos, Fidel era un dictador. Muy pocos se atrevieron a decírmelo en cámara. Le tenían miedo y respeto, y siempre le admiraron su resistencia frente a Estados Unidos. Sólo en privado criticaban las gravísimas faltas de libertades en Cuba.
Pero en realidad, no me interesa hablar del dictador sino de sus millones de víctimas. He sido testigo durante tres décadas del sufrimiento del exilio cubano. Tengo muchos amigos cubanos. Trabajo con ellos; son mis vecinos. Conozco íntimamente sus historias, sus huidas y cómo se reinventaron en Estados Unidos luego de perderlo todo.
Los cuatro abuelos de mis dos hijos, Paola y Nicolás, tuvieron que huir de la dictadura cubana. Una vez — durante la visita del papa Juan Pablo II y antes de que me quitaran la visa para ir a Cuba — pude visitar los barrios que caminaron y tratar de imaginarme la vida que dejaron atrás. Por eso, cuando escucho la facilidad con que critican a los exiliados cubanos en otros países, me parece que es una terrible crueldad y una enorme falta de conocimiento. ¿Por qué esa doble moral con el régimen de los Castro? Fidel ha sido tan asesino o más que Augusto Pinochet en Chile y, sin embargo, nunca recibió el rechazo internacional que tuvo Pinochet.
Cuba ha sido por casi seis décadas — y sigue siendo — una de las dictaduras más despiadadas del mundo. Entiendo, sin duda, el efecto negativo que el embargo estadounidense haya podido tener entre la mayoría de los cubanos. Pero no hay ninguna justificación para que Cuba sea una de las naciones más represivas y menos conectadas a la internet. Por algo los balseros cubanos siguen llegando por miles a las costas de la Florida.
No sé si habrá castrismo sin Fidel Castro. El régimen autoritario de Venezuela ha demostrado, tristemente, que puede haber chavismo sin Hugo Chávez. Lo mismo podría ocurrir en la isla. Hasta ahora el dictador suplente desde el 2008, Raúl Castro, no ha dado ninguna señal de cambio democrático a pesar de la apertura diplomática con el presidente Barack Obama.
Es posible que la muerte de Fidel no cambie nada en Cuba. Pero sé que entre mis amigos exiliados hay una serena sensación de victoria. No diría que es una alegría desenfrenada. Después de todo, han sufrido mucho. Pero sí es el honor y la dignidad que da el haberse enfrentado y sobrevivido al dictador.
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto”.)

(¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, ciudad y país.)

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Outlasting a Dictator

By Jorge Ramos
For my Cuban friends in exile.
MIAMI — Many times during the 30 years that I’ve lived in Miami, I’ve heard that Cuban dictator Fidel Castro was dead. In fact, Castro died two or three times a year, on average. Rumors would spread; I would get calls and texts about his death. These reports, of course, always turned out to be false.
Until this last one.
When the false reports of Castro’s demise would come in, I used to dash to Univision’s studios and prepare for the official announcement. But as the years passed, I came to see that this was a futile exercise. Reports of Castro’s death, to paraphrase Mark Twain, were always greatly exaggerated.
Castro died in Havana on Nov. 25 at age 90, after a nearly 58-year grip on power in Cuba.
I met him just once, in 1991, and I still remember how his long fingernails felt on my left shoulder. The Berlin Wall had recently fallen, and the world’s Communist nations were fragmenting. I had gone to Guadalajara, Mexico, to cover the first Ibero-American Summit. I found Castro as he walked out of his hotel room, and I spoke with him for a total of 63 seconds. (Watch the video of the encounter here: bit.ly/2gKhS2B.)
Castro tried to put his arm around me, and as I pulled away I asked him if perhaps the time had come for him to step down, now that the Soviet Union was no more. “Many people think this is the moment for you to call for a plebiscite,” I told him. He responded that nobody had the right to demand such a thing from Cuba. Then one of his bodyguards pushed me, and I lost my balance. Castro kept on walking without turning back. That was it.
Castro was a brutal dictator, quick to use violence. He ordered the executions of his opponents, locked up political prisoners and violated human rights. He also averted multiparty elections, viciously censored the press and maintained absolute control over every corner of the island. He wasn’t a hero, and we shouldn’t present him as one now that he’s dead.
For years, I asked Latin American leaders if they considered Castro a dictator. Very few dared to admit it on the record. They feared and respected him and admired how he stood up to the United States for so long. Only in private would they denounce Cuba’s lack of liberty.
Now that Castro is gone, I’d rather talk not about him but about his millions of victims. For three decades, I’ve witnessed the suffering of Cuban exiles. I have many Cuban friends. I work with them. They’re my neighbors. I know the stories about their escapes and how they reinvented themselves in the United States after losing everything.
My two children’s grandparents fled the Cuban dictatorship years ago. During Pope St. John Paul II’s visit to the island in 1998 (before Cuba canceled my visa), I could visit the neighborhoods where Nicolas and Paola’s grandparents lived before they had to leave behind the life they had known.
Today, when I hear people criticize Cuban exiles who have fled to other countries, it strikes me as cruel and ignorant, as if a double standard is in place. Castro was every bit as much a killer as Chile’s Augusto Pinochet, though he never received anywhere near the same level of international condemnation as Pinochet.
For almost six decades, Cuba has been, and remains, a ruthless dictatorship. Yes, the American embargo of Cuba had a negative impact on most Cubans, but Cuba has no justification for continuing to be one of the world’s most oppressive states, and among the least connected to the internet. After all, there’s a reason the Cuban “balseros” keep arriving by the thousands on Florida shores.
I don’t know if there can be “Castrismo” without Castro. Venezuela’s authoritarian regime has demonstrated that, sadly, there can be “Chavismo” without Hugo Chavez. Castro’s policies may well endure on the island. So far, Raul Castro, Fidel’s brother, in charge since 2008, hasn’t offered any sign of imminent democratic changes, despite Cuba’s diplomatic openings with President Barack Obama.
It’s possible that Fidel Castro’s death won’t change anything in Cuba. But I know that my exiled friends feel a calm sense of victory. Despite all their suffering, they’ve maintained their honor and dignity. They confronted a dictator — and survived.
(Jorge Ramos, an Emmy Award-winning journalist, is a news anchor on Univision and the host of “America With Jorge Ramos” on Fusion. Originally from Mexico and now based in Florida, Ramos is the author of several best-selling books. His latest is “Take a Stand: Lessons From Rebels.” Email him at jorge.ramos@nytimes.com.)

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