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Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos : Optimista (a Pesar de Trump)




“¿Cómo estás?” me preguntan, como si hubiera tenido una muerte en la familia, o me hubiera golpeado una enfermedad fulminante. Entiendo y agradezco la pregunta: Con Donald Trump se están materializando, una por una, sus propuestas contra los inmigrantes … y no lleva ni siquiera un mes en la Casa Blanca.
Hay mucho miedo entre las familias de inmigrantes latinos en Estados Unidos. Hace poco, en el Noticiero Univision, presentamos un reportaje de cómo algunos padres indocumentados están haciendo planes de emergencia con sus hijos en caso que los deporten. En Phoenix deportaron a Guadalupe García luego de vivir indocumentada 22 años en este país. Otros van a seguir.
El temor se basa en dos acciones ejecutivas tomadas por Trump: una para construir un absurdo muro en la frontera con México, y otra para evitar temporalmente la entrada de refugiados y personas de siete países. Ahí, en letra chiquita, está el diablo.
Las propuestas antimigratorias de Trump cambian también las prioridades de deportación. El diario Los Angeles Times calculó que ahora 8 millones de los 11 millones de indocumentados corren peligro de ser expulsados de Estados Unidos, no únicamente los que hayan cometido algún crimen. Eso le quita el sueño a cualquiera.
A pesar de todo, estoy optimista. Les cuento por qué.
Apenas unas horas después de que Trump tomara posesión, vi a cientos de miles de personas en Washington protestar en contra de quien había llamado “perro” y “cerdo” a varias mujeres, y “criminales” y “violadores” a inmigrantes. Por primera vez oigo a padres de familia decirle a sus hijos: No quiero que seas como el presidente.
La ausencia de decenas de congresistas a la ceremonia de toma de posesión es una simbólica pero importante decisión. Hay veces en que sólo basta decir no.
La prensa ha entendido bien que su función es ser contrapoder. Cada mentira de Trump — como la del supuesto voto de 3 millones de indocumentados, o que los asesinatos están en su peor nivel en 47 años — ha sido refutada con datos y con firmeza. Esta actitud de muchos periodistas contrasta con la suavidad y tolerancia que Trump disfrutó durante la campaña presidencial. Tarde, pero al menos ahora Trump sabe que no puede mentir con total impunidad.
Decenas de empresas de alta tecnología han apoyado la demanda del estado de Washington en contra de la decisión del gobierno de Trump de prohibir temporalmente la entrada a refugiados e inmigrantes con visa. Howard Schultz, el CEO de Starbucks, fue de los más claros. “No nos quedaremos parados ni callados”, dijo Schultz en un comunicado. “Hay más de 65 millones de personas reconocidas como refugiados por Naciones Unidas, y estamos desarrollando planes para contratar a 10 mil de ellos en los próximos cinco años en los 75 países alrededor del mundo donde Starbucks tiene negocios.”
La oposición a Trump va más allá de Estados Unidos. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, sigue con su política de apaciguamiento y acercamiento con Trump. Lo han golpeado, y pone la otra mejilla. Los “bullies” se alimentan de la debilidad de los otros. Pero miles de mexicanos en las redes sociales y en protestas en las calles han tomado un rumbo distinto, más digno, inteligente y práctico. El primer paso es decir no.
Lo mismo ocurrió en Gran Bretaña. El líder de la Cámara de los Comunes, John Bercow, se niega a que Trump hable ante el parlamento británico este año. ¿Por qué? Por su “oposición al racismo y al sexismo” de Trump. La decisión será tomada más adelante, pero Bercow ya marcó su raya.
Baso mi optimismo en todos estos ejemplos. Todo cambio comienza con un gran NO.
Trump no es el rey. Contrario a lo que ocurrió con Hugo Chávez en Venezuela, Trump no puede apropiarse del Congreso, la Corte Suprema de Estados Unidos, el ejército y medios de comunicación, ni puede cambiar la constitución para eternizarse en el poder. Doscientos cuarenta años de democracia sirven para algo.
La resistencia a Trump se está formando. Pero lo primero es marcar una distancia con el nuevo Presidente estadounidense y, claramente, decir en qué no estamos de acuerdo. Sí, Trump es el nuevo Presidente de Estados Unidos, pero no tiene el respeto de millones. Esa es su principal debilidad.
Y ahí empieza mi optimismo.
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto”.)
(¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envié4 un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, ciudad y país.)


Optimism in the Age of Trump

People keep asking me how I’m doing, as though I’ve suffered a death in the family or been struck by a terminal illness. I understand why, and I’m grateful for the concern: President Donald Trump’s anti-immigrant proposals are materializing one after another — and he’s been in the White House for less than a month.
Lately, families of Latino immigrants in the United States are feeling a lot of fear. It’s understandable. On a recent Univision newscast, we featured a story about undocumented parents who are making emergency plans in case they’re deported. The worst-case scenario is already playing out: In Phoenix this month, a married mother of two children, Guadalupe García de Rayos, was deported after living in this country for more than 20 years without papers. Others will follow.
The cause of the dread within the Hispanic community is the recent flurry of executive orders signed by Trump — namely the absurd directive to build a wall along the southern border with Mexico, along with the temporary ban on refugees, as well as people from seven predominantly Muslim countries: Iran, Iraq, Libya, Somalia, Sudan, Syria and Yemen.
These policies have changed deportation priorities. The Los Angeles Times recently reported that as many as 8 million undocumented immigrants could now be at risk of being deported, not just those whom Trump has called “bad hombres” — unless he believes that all 8 million of these people qualify for that term.
Nevertheless, I feel optimistic for several reasons.
After Trump was inaugurated, we saw hundreds of thousands of people gather in Washington, D.C., to protest a man who has called women pigs, and who characterized Mexican immigrants as criminals and rapists during his campaign. The absence of dozens of members of Congress from Trump’s inauguration ceremony was symbolic and important. There are times when you simply must say no. And for the first time, I’ve heard parents tell their children, “I don’t want you to be like the president.”
The media has also embraced its duty as a counterbalance to power. Journalists have refuted Trump’s lies — for example, his insistence that millions of undocumented immigrants voted against him, or that the nation’s murder rate is at its worst level in 47 years. Trump now knows that he can’t lie with impunity.
Also, dozens of high-profile companies have supported the state of Washington’s legal move against Trump’s ban on refugees and immigrants. In a recent statement, Howard Schultz, the Starbucks CEO, said, “We will neither stand by, nor stand silent … There are more than 65 million citizens of the world recognized as refugees by the United Nations, and we are developing plans to hire 10,000 of them over five years in the 75 countries around the world where Starbucks does business.”
The opposition to Trump extends beyond the United States, too. Mexico’s president, Enrique Peña Nieto, maintains his policy of appeasement in dealing with Trump and doesn’t seem to understand that bullies feed on other people’s weaknesses. But thousands of Mexicans are choosing an alternate path and resisting Trump’s policies on social media and in the streets — action that’s more dignified, intelligent and practical.
A first step toward resistance is exactly what happened recently in the U.K. John Bercow, the speaker of the House of Commons, doesn’t want Trump to address Parliament this year. Why? Because of “our opposition to racism and to sexism,” according to Bercow. While a final decision has not yet been made, Bercow has stood his ground.
These examples are reasons for hope. Resistance is how change begins.
Trump isn’t a king or a dictator. Unlike Hugo Chávez in Venezuela, Trump can’t commandeer Congress, the Supreme Court, the Army and the media, nor can he change the Constitution in order to stay in power forever. More than two centuries of American democracy should count for something.
The resistance to Trump is rising, and millions of people in the U.S. and around the world are stating quite clearly that they oppose him and his policies. Trump might be the president, but millions don’t respect him. That’s Trump’s main weakness — and that’s where my optimism begins.
(Jorge Ramos, an Emmy Award-winning journalist, is a news anchor on Univision and the host of “America With Jorge Ramos” on Fusion. Originally from Mexico and now based in Florida, Ramos is the author of several best-selling books. His latest is “Take a Stand: Lessons From Rebels.” Email him at jorge.ramos@nytimes.com.)

 

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