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Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos Column: ‘El Dedazo’ Makes a Comeback in Mexico




By Jorge Ramos

As a young man, I was obsessed with the political phenomenon of “el dedazo” in Mexico. It didn’t make sense that in a democracy, a sitting president could point to another politician, making him an automatic candidate to be his successor and essentially handing over his power. It made less sense that millions of Mexicans accepted, without protest, the fact that this hand-picked successor would certainly win the next presidential election.
Recently, after a hiatus of almost two decades, President Enrique Peña Nieto decided to resurrect the practice by choosing José Antonio Meade to succeed him. The difference today, however, is that a victory for Meade, a member of Peña Nieto’s Institutional Revolutionary Party (or PRI), is not guaranteed.
When it came to selecting Meade, there wasn’t even the false pretense of a democratic process. There were no polls or party conventions. Nothing. Peña Nieto simply pointed his finger and chose.
Then Meade begged the PRI to, in his words, “make me yours.” Party members embraced him. Now Meade must defend a political administration that has been accused of widespread fraud, is primarily responsible for the massacres at Tlatelolco and Tlatlaya and has concealed the means by which questionable luxury real estate properties were acquired. Meade would do well to remember that working with someone like Peña Nieto makes you his accomplice.
The first question we must ask Meade is whether, if elected, he would launch an independent investigation into Peña Nieto and his wife for their purchase of a $7 million home from a government contractor. I can predict what the answer will be.
I can also predict that Meade will be reluctant to acknowledge the fact that more than 93,000 Mexicans have been killed during Peña Nieto’s administration, not to mention that 43 college students from Ayotzinapa disappeared and remain missing.
A friend who knows Meade well recently told me that he’s actually a very qualified candidate for the presidency. Perhaps that’s true, but it’s beside the point. He was undemocratically handpicked, and is fatally linked to Peña Nieto.
It’s been 18 years since we saw the last “dedazo” in Mexico, when President Ernesto Zedillo approved Francisco Labastida’s candidacy. Back then the PRI tried to be less cynical; the party even held an internal election, and Labastida won more votes than his opponent. Even so, Labastida had to wait for the president’s traditional blessing.
Peña Nieto, however, didn’t even try to win his party’s support. What for? It’s obvious that there’s a small group of politicians in Mexico that believe personal contacts and dubious political practices can allow it to keep its hold on power.
I’ve been living abroad for many years, and had almost forgotten how things work in Mexico. In the United States, it would be unthinkable that a candidate, Democrat or Republican, would be on the ballot merely because the acting president decided to put him there. Not even President Donald Trump could get away with that.
But for Peña Nieto, this “dedazo” was the best option. After all, the president is likely concerned that his successor might investigate him for possible corruption, or for not upholding human rights protections. He’s probably worried that he could wind up being the first former Mexican president to be jailed. Peña Nieto needs a candidate who will support him unconditionally, and he has apparently found such a man in Meade.
Maybe not even all this will save Peña Nieto. His candidate would have to win a closely watched election. And candidates in Mexico are well known for turning on the president who selected them if it becomes politically convenient. Plus Peña Nieto’s offenses are so blatant that nothing and nobody will be able to defend him. It’s high time that former presidents began to feel a little uncomfortable.
This terrible lack of democratic culture is not unique to the PRI. If any other political party in Mexico were to handpick someone — or worse, if a member of another party were to elect himself or herself — we would have to denounce the practice just as strongly.
“El dedazo” is an arrogant relic of an old political system. Next July 1, Mexicans will decide whether they want more of the same. And the PRI has already given us a preview.
(Jorge Ramos, an Emmy Award-winning journalist, is a news anchor on Univision. Originally from Mexico and now based in Florida, Ramos is the author of several best-selling books. His latest is “Take a Stand: Lessons From Rebels.”)


El Dedazo, Versión 2017

Debo confesar que durante años estuve obsesionado con el fenómeno político del dedazo en México. De joven no podía entender cómo un presidente podía pasarle el poder a su sucesor mientras millones de mexicanos veían el cínico espectáculo sin protestar y como si fuera lo más normal. Ahora Enrique Peña Nieto ha hecho lo mismo. La única diferencia es que su destapado, José Antonio Meade, no tiene asegurada la presidencia.
Los priistas no han aprendido nada. En la selección de Meade no existió ni la menor pretensión democrática. No hubo votaciones ni convenciones. Nada. Peña Nieto sacó su dedo y escogió a Meade. Él, religiosamente, le pidió al Partido Revolucionario Institucional “háganme suyo”. La caballada lo abrazó y, a cambio, ahora le toca a Meade defender un partido responsable de fraudes históricos, de las masacres de Tlatelolco y de Tlatlaya, y del encubrimiento de propiedades como la Colina del Perro y la Casa Blanca, entre muchas otras cosas.
¿Trabajar con alguien como Peña Nieto no te hace su cómplice?
La primera pregunta que hay que hacerle a Meade es si investigará, de manera independiente, a Peña Nieto y a su esposa por la compra de una casa de $7 millones de dólares a un contratista del gobierno. Me imagino la respuesta.
Me imagino, también, la resistencia de Meade para criticar a un gobierno en el que han asesinado a más de 93 mil mexicanos, en el que desaparecieron a 43 jóvenes de Ayotzinapa y en el que la impunidad rasca el 100%. Meade, aunque fuera un santo, nunca podrá zafarse de ese abracito de lado, con palmaditas, que le dio Peña Nieto cuando se anunció que iba por la presidencia.
Una amiga que conoce bien a Meade me llamó para decirme que es una persona muy capacitada. Quizás, pero el punto no es ese. Lo escogieron de una manera antidemocrática, y está mortalmente ligado a Peña Nieto.
Hace 18 años que no había un dedazo en México. El último fue en 1999 cuando el presidente Ernesto Zedillo aprobó la candidatura de Francisco Labastida. En esa ocasión, por lo menos, hicieron un teatrito: Labastida ganó más votos que su contrincante dentro del mismo partido pero, aún así, hubo que esperar la bendición tradicional del presidente.
Lo asqueroso del dedazo de Peña Nieto es que ni siquiera buscó el apoyo de otros. ¿Para qué?
Me recuerda tanto los dos dedazos de Carlos Salinas de Gortari: primero por Luis Donaldo Colosio y luego por Ernesto Zedillo. Burdos y totalmente personales.
Lo que está muy claro es que en México todavía existe un grupito que cree que puede perpetuarse en el poder mediante sus contactos personales y con las prácticas más oscuras. Seguramente ya llevo muchos años en el extranjero y se me ha olvidado cómo funcionan las cosas en México, pero en Estados Unidos, por ejemplo, sería impensable que un candidato ganara la nominación de su partido — Demócrata o Republicano — sólo porque así lo quiso el presidente en turno. Ni el presidente Donald Trump habría podido hacer eso.
Para Peña Nieto, este dedazo era la mejor opción. Su principal preocupación es que el próximo presidente lo vaya a investigar por corrupción o por no proteger los derechos humanos, y ser el primer ex presidente mexicano en la cárcel. Por eso necesitaba a un candidato incondicional y, aparentemente, lo ha encontrado en Meade.
Sin embargo, tal vez ni eso salve a Peña Nieto. Primero, su candidato tendría que ganar, y eso está por verse. Segundo, los candidatos presidenciales en México son famosos por traicionar a quien los escogió. Y tercero, las faltas de Peña Nieto son tan grandes que nada ni nadie podrá defenderlo. Ya es hora de que los ex presidentes empiecen a sentir un poquito de miedo.
Esta terrible falta de cultura democrática no es exclusiva del PRI. Si cualquier otro partido en México da un dedazo — o incluso peor, un autodedazo — habrá que denunciarlo con la misma fuerza.
El dedazo es la mayor señal de arrogancia del viejo sistema político. El primero de julio del 2018, los mexicanos decidirán si quieren más de lo mismo. Y el PRI ya nos dio un adelanto.
(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, es el principal director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros de grandes ventas, el más reciente de los cuales es “A Country for All: An Immigrant Manifesto”.)

 

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