Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos : El presidente y el periodista

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se equivoca al calificar de mercenarios y golpistas a los periodistas que legítimamente han cuestionado las fallas y las contradicciones de su gobierno.
No hay ninguna conspiración internacional ni ninguna campaña mediática contra él. Detrás del periodismo independiente no hay una cruzada para su salida: López Obrador debe gobernar el tiempo que le corresponde por ley, todos y cada uno de sus seis años. Lo que sí hay es esto: reporteros haciendo su trabajo, que consiste en reportar la realidad (tal y como es, no como el gobernante quisiera que fuera) y cuestionar a los que tienen el poder.
López Obrador ha cuestionado o criticado a la prensa en distintos momentos de su gobierno, pero en días recientes ha intensificado sus ataques contra un grupo de comunicadores —entre los que me ha incluido— tras la aparición de investigaciones periodísticas que señalan a miembros de su familia por posibles conflictos de interés. No es difícil intuir que este renovado asedio a la prensa es un intento fallido de distraer la atención de lo más importante: la falta de resultados de su gestión. En realidad, los problemas de fondo en su gobierno van mucho más allá de asuntos que impliquen a su entorno personal. Son problemas que están a la vista de todos.
Mi principal crítica periodística al gobierno de López Obrador tiene que ver con la terrible violencia en México. El Presidente ha fracasado en su obligación más importante: proteger la vida de los mexicanos. Su sexenio está en camino de convertirse en el más violento del siglo.
El sustento para decir esto son las cifras de su propio gobierno. Cada día, en promedio, asesinan a 93 mexicanos, según los registros de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de México. Desde que AMLO llegó al poder —el primero de diciembre de 2018 y hasta el 31 de enero de este año— han asesinado a 107.879 mexicanos.
La estrategia de seguridad de su gobierno, conocida como “abrazos, no balazos”, no ha funcionado. Y lo peor es que, cuando llegamos a la mitad de su mandato, el Presidente no parece dispuesto a corregir el rumbo. El resultado de esta incapacidad de rectificar podría resultar en miles de muertes más.
El gremio periodístico ha sido golpeado con especial dureza por esta ola de violencia. Treinta y un periodistas han sido asesinados desde que AMLO es presidente, según la organización Artículo 19. No son crímenes de Estado, pero la impunidad y la falta de recursos y de mecanismos de protección estatal al trabajo periodístico es abrumadora.
La situación es tan grave que en la misma semana de la invasión rusa a Ucrania, el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, expresó en Twitter su preocupación por las muertes y amenazas a los periodistas mexicanos. Y poco después la Casa Blanca advirtió que dicha preocupación se basaba en “hechos”. En respuesta, el gobierno de México envió una carta al secretario Blinken en la que decía que sus representantes sólo rinden cuentas a los ciudadanos mexicanos.
Se me ocurren varios ciudadanos mexicanos que han pedido rendición de cuentas a las autoridades —como Lourdes Maldonado, la periodista asesinada este año en Tijuana que en 2019 le dijo al propio Presidente que temía por su vida por hacer su trabajo— y a quienes no se les dio y no se les ha dado respuesta.
Informar sobre la violencia en México no es golpetear ni ser golpista. Se trata de echar luz sobre uno de los problemas más importantes del país. Esa es la labor de los periodistas. ¿Acaso lo que el Presidente quiere es que no hablemos de la violencia que hunde al país? Imposible. Ese aparente deseo presidencial me recuerda a una de las canciones de la película animada Encanto que dice: “No se habla de Bruno, no, no, no”. Pero en la realidad sí hay que hablar de lo que ocurre en el país, de lo que está matando a tantos mexicanos y de lo que hace (o no hace) el jefe de Estado para resolver los desafíos nacionales.
Y por eso el Presidente ha seguido con sus embestidas al oficio, a varios colegas y a mí. Ha dicho que se debería saber lo que ganamos.
Es fácil saber cómo me he ganado la vida: soy un inmigrante con un oficio muy visible. Salí de México huyendo de la censura y desde enero de 1984 trabajo en la cadena Univision en Estados Unidos, he escrito 14 libros y publico una columna semanal en decenas de diarios del continente. Cuando comencé a trabajar en la televisión estadounidense, AMLO apenas tenía 30 años. En mi carrera, sólo he hecho periodismo independiente. Y eso es lo que pienso seguir haciendo.
En casi cuatro décadas he cubierto varias guerras, atentados terroristas, catástrofes, elecciones y entrevistado a personajes en las antípodas ideológicas: desde la izquierda (Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, entre otros) hasta la derecha (como Carlos Salinas de Gortari, Álvaro Uribe, Benjamín Netanyahu). Y creo que he incomodado por igual a los dos lados: Donald Trump me sacó con un guardaespaldas de una conferencia de prensa y el dictador Nicolás Maduro nos detuvo a mi equipo de producción y a mí en el Palacio de Miraflores, se robó nuestro equipo de televisión y luego me deportó de Venezuela.
No hay agenda oculta: nuestro papel como periodistas es ser contrapoder. Siempre hay que estar del otro lado del poder, sin importar quién esté ahí. Así como ahora muchos periodistas señalamos errores y carencias en el gobierno de López Obrador, antes lo hicimos con los brutales regímenes priistas y con los presidentes que le siguieron. Ha criticado duramente a sus antecesores, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, y ninguno de los dos me quiso dar una entrevista mientras estuvieron en gobierno. A Peña Nieto lo califiqué en una columna como “el peor Presidente” que ha tenido México en su historia moderna.
Durante décadas he cubierto la carrera de AMLO —nuestra última conversación fue en 2017— y en tres ocasiones he entrado a Palacio Nacional para hacerle preguntas en la Mañanera, su conferencia de prensa diaria. Es difícil pensar que todo eso habría ocurrido si el Presidente no creyera que soy un periodista confiable. Yo sigo haciendo exactamente lo mismo. Pero él, quien en el pasado fue un crítico del poder, ahora no.
Ante los ataques personales, mi mantra es: más periodismo.
Lo más importante que tenemos los periodistas es la credibilidad. Oriana Fallaci, escritora y corresponsal italiana, escribió una vez sobre cómo proteger esa credibilidad. Dijo: “Para mí, ser periodista significa ser desobediente. Y ser desobediente significa ser oposición. Y para ser oposición, tienes que contar la verdad. Y la verdad es siempre lo opuesto a lo que la gente dice”.
Espero siempre seguir el consejo de la Fallaci.

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