Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos: Ante el racismo, no nos podemos quedar callados

Este es un tema difícil pero no por eso lo debemos evitar: hay racismo dentro de la comunidad latina en Estados Unidos.
De la misma forma en que hemos condenado cuando alguien hace comentarios racistas contra nosotros, también debemos denunciar cuando esas expresiones surgen de una o varias personas dentro de nuestro propio grupo.
Los comentarios y actitudes despectivas de tres miembros del concejo de la ciudad de Los Ángeles y de un líder sindical, grabados en una reunión en octubre de 2021, son deleznables, vergonzosos y hablan de un problema que va mucho más allá de los círculos políticos. La ahora expresidenta del concejo, Nury Martínez, quien fue forzada a renunciar a su puesto, lanzó un insulto racial contra un niño negro y se burló de los miembros de la comunidad oaxaqueña de Los Ángeles, entre otras expresiones ofensivas. Las palabras de Martínez —y los silencios y comentarios afirmativos de los concejales Kevin de León y Gil Cedillo y del sindicalista Ron Herrera— lograron ofender a casi todos: afroamericanos, grupos indígenas, a las comunidades asiática, judía y armenia, y a la mayoría de los angelinos que se oponen a este tipo de discriminación. (Los cuatro ya han pedido disculpas).
El racismo dentro de la comunidad latina es un secreto a voces. Es un tema incómodo que pocas veces se debate en público. Se da tanto en América Latina —que es la región con la mayor desigualdad social del mundo según parámetros de 2019 de las Naciones Unidas— como en ciudades estadounidenses multiculturales y con alta concentración de hispanos. Durante generaciones, ese racismo, combinado con el clasismo, ha creado las más horribles y penosas divisiones basadas en origen étnico y color de piel. Y es hora de tener esta discusión para comenzar a encontrar maneras de sensibilizarnos y de buscar soluciones.
Es falso suponer que el racismo es algo que sólo aprendemos al venir a Estados Unidos. “Las personas piensan que el racismo no migra, que el racismo se aprende de la gente blanca estadounidense”, me dijo en una entrevista Janvieve Williams, fundadora de la organización AfroResistance. “Y eso no es cierto. Eso son mentiras. Básicamente el racismo viene de nuestros países de Latinoamérica y el Caribe. Como las personas migramos, el racismo también migra”.
Los hispanos, sin duda, son objeto de racismo, pero también el racismo está insertado en nuestras comunidades. Y no debemos normalizarlo, silenciarlo o dejarlo pasar.
“Ser hispanos no nos exime de ser racista”, escribió recientemente Ilia Calderón, mi compañera en el Noticiero Univision, nacida en el departamento del Chocó, en Colombia, y una poderosa voz de defensa para los latinoamericanos afrodescendientes. “Las frases que se filtraron de la conversación de los concejales de Los Ángeles son recurrentes en empresas, en escuelas desde kinder hasta el último año de bachillerato, en universidades, en la calle, en el autobús y en el tren. Pero nacen en las mesas de muchas casas y en nuestros círculos cercanos, bajo las mojigatas risitas y el silencio cómplice de quienes pueden hablar y no lo hacen”.
Por eso hay que denunciar el racismo venga de donde venga.
Cuando Donald Trump, al anunciar su campaña presidencial en 2015, hizo unos comentarios racistas —dijo que los inmigrantes mexicanos eran criminales y “violadores”— inmediatamente lo denunciamos. Lo mismo hice cuando Trump me expulsó de una conferencia de prensa diciendo que me “regresara a Univision” —en realidad, estaba diciendo que me regresara a México— o cuando aseguró que el juez Gonzalo Curiel no podía realizar bien su trabajo sólo por su origen “mexicano”.
Pero así como denunciamos a Trump por esos comentarios racistas, estamos obligados a hacer lo mismo cuando integrantes de nuestra propia comunidad son quienes expresan palabras ofensivas. Ser miembro de una minoría discriminada nunca debe ser escudo ni excusa para discriminar a otras personas por su origen o por la manera en que se ven.
Los latinos, sin duda, son discriminados en Estados Unidos. Una encuesta de 2017 de la Universidad de Harvard asegura que 33 por ciento de los hispanos dice haber sido discriminados al solicitar un empleo, y un 36 por ciento de los encuestados cree que ellos o un familiar han sido maltratados por la policía sólo por su origen étnico.
Además, hay una clara percepción de racismo por el color de piel. El 62 por ciento de los hispanos, según una encuesta del centro Pew, dice que un color de piel más oscuro obstaculiza sus posibilidades de prosperar en Estados Unidos. Pero no podemos tratar a otros como nos tratan aquellos que nos discriminan y ofenden. Esa no puede ser una regla universal de comportamiento.
No importa quién hizo esa grabación de 80 minutos en Los Ángeles ni por qué tardó un año en hacerla pública de manera anónima. Lo fundamental es que esto deja al descubierto un serio problema social que hay que enfrentar.
Las palabras del concejal Mike Bonin —cuyo hijo adoptado es negro y fue insultado por la entonces presidenta del concejo— marcan el camino a seguir: “Necesitamos ser una ciudad que no sólo publique un documento de indignación sobre algo como esto, sino que se cerciore de evitar que un pequeño niño negro o una joven latina, ningún niño en ningún lugar, tengan que escuchar algo así”.
Todo esto ha ocurrido, tristemente, durante el mes de la herencia hispana en Estados Unidos, cuando deberíamos celebrar nuestros orígenes y resaltar las enormes contribuciones de los grupos indígenas. Pero, por la fuerte y vigorosa respuesta de muchas organizaciones que inmediatamente salieron a protestar —“¡Fuera! ¡fuera!”, gritaron dentro del edificio de la ciudad— y a pedir la renuncia de los concejales grabados, quiero creer que hay un pequeño avance.
Tengo la convicción de que una nueva generación de hispanos —nacidos con internet, rodeados de diversidad racial y en la era de la globalización— es mucho más sensible a estos temas. Muchos de ellos no arrastran los mismos prejuicios que algunos de sus mayores. Además, la representación es esencial. Si hubiera habido un político afrodescendiente o de origen indígena en esa plática en Los Ángeles, estoy seguro que el tono y la respuesta habrían sido distintos, sin ese dolorosísimo silencio cómplice de los participantes. Cuando oyeron las palabras racistas de la presidenta del concejo contra un niño, ¿por qué esos tres hombres se quedaron sin decir nada y no la confrontaron?
La lección es clara: ante el racismo, nunca nos podemos quedar callados.

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