Divulgando la cultura en dos idiómas.

Jorge Ramos: El México de las dos marchas

México es el país de las dos marchas. Una promovida por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador y la otra iniciada por la oposición. Por más que ambas marchas sean criticadas, descalificadas y hasta negadas, la realidad está ahí. Las dos se llevaron a cabo y las dos atrajeron a decenas de miles de simpatizantes. Y debemos entenderlo, porque este es el México de principios del siglo XXI: un país con contradicciones y profundas divisiones.
Empecemos con la marcha del domingo 27 de noviembre, a favor del gobierno de López Obrador. La movilización confirmó lo que revelaban sus índices de aprobación: AMLO es un presidente sumamente popular. Una encuesta reciente de Reforma encontró que el 61 por ciento apoya el trabajo de López Obrador y el 33 por ciento de los encuestados lo desaprueba.
Más de 30 millones de mexicanos votaron por él en 2018, y la marcha y las encuestas indican que tiene una base sólida y aguerrida. AMLO ha logrado posicionarse como el Presidente de quienes, por décadas, no han sido escuchados ni atendidos. Y aunque muchos de sus grandes proyectos o estrategias han sido cuestionados —el controversial Tren Maya, un aeropuerto que casi no se usa, un plan de seguridad que no amaina la violencia y una respuesta a la pandemia con demasiadas muertes— su relato político, reforzado en sus conferencias de prensa de cinco días a la semana, lo ha instaurado como el líder de las mayorías.
AMLO tiene los números de las encuestas de aprobación de su lado. Pero, lamentablemente, no tiene los resultados.
Hay una foto impresionante de Luis Antonio Rojas en la que López Obrador aparece en medio de la marcha en el Paseo de la Reforma en Ciudad de México, con el sol en la cara, sin aparente círculo de seguridad y rodeado por un mar de seguidores. En un país tan políticamente violento como México, fue un valiente desafío y un recordatorio de que “el pueblo” —como él se refiere a sus partidarios— lo cuida, protege y respalda. “Ayuda a la gente más necesitada”, le dijo a The New York Times uno de los asistentes a la marcha.
México es un país con una tradición arraigada de líderes fuertes, y AMLO es uno de ellos. Octavio Paz, uno de los escritores que mejor ha ensayado la identidad del país, abordó el profundo “culto al líder” y la “respetuosa veneración de los mexicanos a la figura del Presidente”.
López Obrador, controla la agenda noticiosa del país con sus Mañaneras, su partido domina el Congreso y sin duda mantiene el apoyo popular. Pero, contrario a los autoritarios Presidentes priistas de antes, AMLO está sujeto a las reglas de una democracia: críticas, disenso, rendición de cuentas. López Obrador no puede hacer lo que se le pega la gana, como, por ejemplo, podía hacer Luis Echeverría o Carlos Salinas de Gortari durante los años del PRI.
Y esto nos lleva a las marchas del domingo 13 de noviembre. El objetivo inicial era mostrar apoyo al Instituto Nacional Electoral (INE) —la máxima autoridad electoral, que es independiente del poder Ejecutivo— de la interferencia del Presidente y de Morena, su partido. Pero al final fue también una demostración de civismo y patriotismo. Por más que el propio Presidente y sus seguidores trataron de minimizarlas, decenas de miles de mexicanos —quizás muchos más— se reunieron libremente en una treintena de ciudades. Ambas marchas fueron masivas e impresionantes.
Estoy convencido que millones de mexicanos, a quienes tanto les costó conseguir un sistema democrático, no van a volver a permitir que una sola persona determine el destino de todo el país. Ya tuvimos suficiente con los tres siglos de dominio español, con la larga dictadura de Porfirio Díaz y con los 71 años del PRI. Nunca más.
López Obrador ha repetido en varias ocasiones que no buscará una reelección, que sería ilegal bajo la Constitución. Pero es preciso, también, limitar su influencia luego de que deje el Palacio Nacional, en 2024, y evitar que su partido se perpetúe en el poder con métodos discutibles, como los cambios propuestos al sistema electoral.
En una democracia es sano que existan bandos distintos, disenso y críticas. Pero también tendría que haber diálogo sensato y consenso en algunos puntos sobre el rumbo que toma el país.
AMLO dejará una herencia preocupante: un país militarizado y más muertos que cualquier otro gobierno en este siglo. Debería ser posible reconocer un hecho ineludible, que López Obrador ha fallado en su principal obligación: proteger la vida de los mexicanos. Desde que tomó posesión y hasta octubre, el segundo mes más violento del año, han sido asesinados más de 131.000 mexicanos, según cifras oficiales.
Este es, pues, el México que tenemos. Violento. Dividido. Polarizado. Ciego hacia la otra mitad. Con los extremos y sus líderes incapaces de, siquiera, conversar con seriedad con sus oponentes. Con marchas en direcciones opuestas que parecen no reconocerse mutuamente. Y eso no nos va a llevar a ningún lado.
México, como lo veo, tiene dos grandes retos: reducir de manera efectiva la violencia y las enormes desigualdades sociales que tiene el país. Creo que, en esos dos puntos, todos podemos estar de acuerdo, independientemente de las posiciones ideológicas o las afiliaciones partidistas que se tengan.
Cuando juega la selección nacional de futbol —aunque fracase, como en Catar— todos nos ponemos la camiseta verde. Lo mismo pasa cuando compite el “Checo” Pérez o cuando amigos y familiares nos sentamos y compartimos las sobremesas. Es decir, sí hay espacios en donde podemos convivir sin divisiones políticas.
Espero que algún día todos en México podamos participar en una sola marcha.

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