Divulgando la cultura en dos idiómas.

Columna Jorge Ramos: Libros prohibidos y editores valientes

Querían quemar los libros. “Creo que debemos tirar esos libros al fuego”, dijo uno. Mientras que otro advirtió que quería “ver los libros antes de quemarlos para identificar lo que está mal en nuestra comunidad”. Este diálogo no es de la Alemania nazi ni de la Inquisición en Italia o España durante la Edad Media. Esto se dijo hace poco en Estados Unidos, una de las democracias más importantes del mundo.
Dos representantes de la Junta Escolar del condado de Spotsylvania en Virginia querían prohibir en las bibliotecas de sus escuelas libros con contenido “sexual explícito”. Entre los libros que querían quemar había uno sobre un grupo de niños que intenta escapar de circunstancias que involucraban prostitución y abuso sexual. Otro era un libro ilustrado sobre una chica del siglo XIX que se vestía como hombre para poder ir a la escuela de medicina. En la primera sesión todos los miembros de la junta escolar votaron a favor de prohibir y remover esos libros de sus bibliotecas. Pero cuando esto se convirtió en noticia a nivel nacional, la junta revirtió su posición.
Esto ocurrió en una pequeña población a poco más de hora y media de Washington, la capital del país. Y no es el único lugar en el que ocurre. La Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos (ALA, por su sigla en inglés) tiene una lista de los 100 títulos más censurados en la primera década de este siglo en Estados Unidos. Varias de esas obras son alegatos en contra del racismo, la discriminación, las desigualdades de género.
Hay una amplia y larga historia de censura de libros. La Enciclopedia Británica hizo una lista de algunas obras cruciales de la literatura que han sido censuradas en la historia, ahí están el Ulises de James Joyce, Los versos satánicos de Salman Rushdie, 1984 de George Orwell y Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Esto significa que algunos de los libros más influyentes de la humanidad —algunas de las obras que han hecho pensar a varias generaciones de lectores y han contribuido a formar nuestro espíritu crítico— han sido censurados en algún momento por un gobierno, una autoridad religiosa o una junta escolar que se asusta con personajes de la comunidad LGBTQ+, con temas subversivos o escenarios autoritarios.
En lugar de temer por los libros y optar por la censura, haríamos bien en entender la importancia de la labor editorial y defender la valentía de quienes la hacen posible.
Y es que publicar puede ser un acto peligroso, como muestra el reporte de la International Publishers Association (IPA) de 2020. El informe confirmó que, en los últimos años, la libertad editorial está siendo atacada en muchas partes del mundo. En países como Cuba y Venezuela sencillamente no se pueden publicar. En algunos lugares publicar puede llevarte a la cárcel, como en el caso del editor Khaled Lotfy, quien fue sentenciado a prisión en Egipto en 2019. Y, otras veces, puedes morir por liderar un proyecto editorial. El editor Faisal Arefin Dipan fue asesinado en Bangladés en 2015 y en febrero de este año asesinaron en Beirut al editor Lokman Slim. Su hermana y cofundadora de la casa editorial Dar al-Jadeed, Rasha Al Ameer, recibió en su nombre el Premio Voltaire de este año, que destaca el trabajo de editores valientes.
La libertad es trabajo de equipo. Por cada escritor y periodista se necesita de un editor valiente o un dueño de medios dispuesto a sacrificar su trabajo para que todos podamos leer un libro controversial o recibir las noticias sin censura. Pero nunca, como concluye de manera inequívoca el informe de IPA, publicar debe implicar sacrificar también la vida.
Bastante a menudo la censura está ligada al poder. Y para que suceda requiere de dos elementos: una parte que imponga por la fuerza un punto de vista y otra que obedezca. Y son los editores y periodistas valientes quienes optan por no obedecer. Alguien debe hacerlo, porque si permitimos que los gobiernos determinen qué debemos ver, escribir, leer o escuchar, estamos en problemas: es una clara señal de autoritarismo.
Así que la primera regla de toda nación libre debe ser: no a la censura oficial. Por ahí empiezan a desmantelarse las democracias. En su libro Sobre la tiranía, Timothy Snyder, historiador y profesor de la Universidad de Yale, nos advierte del peligro de ceder ante los gobiernos. “No obedezcas por adelantado”, escribió. “La mayor parte del poder del autoritarismo le ha sido otorgado libremente”.
Los editores y los periodistas siempre deben rechazar la censura, venga de donde venga. Pero eso no significa que estamos en la obligación de publicar todo lo que nos llega a nuestros correos electrónicos o a nuestras oficinas de redacción. Nuestro trabajo es precisamente identificar y discernir lo que es noticia y vale la pena publicar y dejar fuera lo que no lo es. Y ni los gobiernos ni ningún poder debe involucrarse en ese proceso.
Los editores y medios de comunicación no somos agencia de relaciones públicas de nadie. Por ejemplo, los reporteros nunca estuvimos moralmente obligados a publicar los miles de tuits del expresidente Donald Trump o a difundir todo lo que decía, especialmente porque muchas de las cosas que declaraban eran falsedades. De la misma manera, ningún medio en México debería transmitir íntegramente todas las Mañaneras del presidente Andrés Manuel López Obrador durante los últimos tres años y más bien debemos estar atentos y señalar cuando da “otros datos” que no coinciden con la realidad. Hay un paso intermedio entre replicar e informar: cuestionar constantemente al poder.
Los editores y periodistas compartimos un mismo principio ético: siempre es mejor poner distancia con la gente con poder. Al final de cuentas, vamos a publicar lo que ellos quieren esconder o lo que no quieren decir. Y eso significa que no podemos ser sus amigos y tampoco podemos ser neutrales cuando abusan del poder. Tampoco en casos de racismo, discriminación, corrupción, mentiras públicas, violación a los derechos humanos y acciones dictatoriales. Debemos ser contrapoder.
La periodista italiana Oriana Fallaci lo resumió magistralmente en una carta a un corresponsal extranjero: “Para mí, ser periodista significa ser desobediente. Y ser desobediente significa estar en la oposición. Y para estar en la oposición, hay que decir la verdad. Y la verdad siempre es lo opuesto a lo que la gente dice”.
Creo que los editores y los periodistas hacemos nuestro mejor trabajo cuando desobedecemos a los poderosos, cuando cuestionamos su autoridad y cuando lo arriesgamos todo para contar la verdad. Nuestro trabajo es luchar contra la censura aún bajo el riesgo de quemarnos.
Publicar libros no es un trabajo para los que quieren ser neutrales ni para los que prefieren quedarse callados. Detrás de la publicación de un libro prohibido o censurado siempre hay un editor valiente. Nuestra libertad depende de ellos.
Este texto es un fragmento editado de mi discurso en la ceremonia del Premio Voltaire de la International Publishers Association (IPA) realizada durante la maravillosa Feria del Libro en Guadalajara de este año.

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